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Cumplir y hacer cumplir la ley


El principal problema de México no es la inseguridad, la corrupción, la impunidad, la injusticia y/o la pobreza. El principal problema que no ha resuelto nuestro país y cuya solución no se ve en el horizonte es, en general, la no aplicación de la Ley. El no respeto a la Ley. El no cumplir ni hacer cumplir la Ley.

Y como sucede cada 21 de marzo, el ideario y los principios de un gran mexicano, insigne e ilustre no obstante su origen indígena, vuelven a retumbar en todos los rincones del país sin encontrar eco desde hace dos siglos, pese a ser la guía por la cual debiera ser conducido el país, para recordar que la aplicación, el respeto y/o el cumplimiento de la ley es el camino que se debiera seguir para tener seguridad, justicia y riqueza.

“Mi deber es hacer cumplir la ley no sólo con medidas del resorte de la autoridad, sino con el ejemplo para atentar a los que con un escrúpulo infundado se retraían de usar el beneficio que les concedía la ley”, dijo Don Benito Pablo Juárez García en el siglo XIX, cuando también afirmó convencido: “No vacilé en ayudar del modo que me fue posible a los que trabajaban por el cumplimiento de la ley, que ha sido siempre mi espada y mi escudo”.

De nuevo, como cada año ocurre desde hace dos siglos, la historia nos hace recordar al gran e ilustre mexicano vigente durante todo ese tiempo y cuyas principales guías como diputado local y federal, gobernador, presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y Presidente de la República fueron precisamente el profundo respeto a la ley y el cumplimiento de la misma.

“No se puede gobernar a base de impulsos de una voluntad caprichosa, sino con sujeción a las leyes. No se pueden improvisar fortunas, ni entregarse al ocio y a la disipación, sino consagrarse asiduamente al trabajo, disponiéndose a vivir, en la honrada medianía que proporciona la retribución que la ley les señala”, decía el insigne indígena defensor de la patria.

Después de Juárez, cumplir y hacer cumplir la ley se ha convertido en un intento fallido, en una mera promesa que se ha quedado en el discurso demagógico del gobernante o del político en el poder. En la realidad, éstos no han cumplido con esa obligación Constitucional porque lamentable y desgraciadamente no tienen la altura política y moral de hacerlo al dejarse regir conveniente y cómodamente por los poderosos intereses políticos y económicos marcados desde el vecino país del Norte.

Los derechos sociales, la justicia social, se han resquebrajado tanto que la pobreza y la miseria siguen siendo el pan nuestro de cada día, a pesar de tener tantas riquezas, pero mal explotadas.

Firme, poderoso, Benito Juárez señalaba que “el primer gobernante de una sociedad no debe tener más bandera que la ley; la felicidad común debe ser su norte, e iguales los hombres ante su presencia, como lo son ante la ley; sólo debe distinguir el mérito y la virtud para recompensarlos; al vicio y al crimen para procurar su castigo”. Sin embargo, esta práctica no se hace desde que murió Juárez. Leyes hay muchas, bastantes, demasiadas. Algunas son buenas y otras muy buenas. ¿Pero de qué sirven si no se aplican, si no se respetan ni medianamente?
“El primer gobernante de una sociedad no debe tener más bandera que la ley y sólo debe distinguir al mérito y a la virtud para recompensarlos”, añadía el gran defensor de nuestra patria en el que se convirtió Juárez ante las ambiciones mezquinas, al mismo tiempo que establecía que “un sistema democrático y eminentemente liberal, tiene por base esencial la observancia estricta de la ley. Ni el capricho de un hombre solo, ni el interés de ciertas clases de la sociedad forman su esencia.”

Juárez sigue vigente porque su pensamiento y sus principios, que fueron la fortaleza del país ante los embates franceses, no se han cumplido en la realidad, en el ejercicio del poder. Sus ideas, que debieran ser la guía de un país sometido ancestralmente por la virreinal España, después por la burguesa Francia y desde hace casi un siglo por el vecino país del Norte como es México, no se han retomado en la realidad. Sólo han servido para elaborar discursos que se pierden casi de inmediato porque son meramente demagógicos y coyunturales.

Ahora, la amenaza de volver a ser sometido por otro país es igualmente real y está muy cerca con un régimen de la derecha republicana en Estados Unidos que preside uno de esos personajes que a lo largo de la historia se han caracterizado por su tiranía y su autoritarismo, entre otras “cualidades”, que no sólo pugnan por saciar sus intereses políticos y económicos personales y de grupo, sino que buscan someter otra vez a un pueblo mexicano que avanza social y económicamente al ritmo lento y gradual que marcan los poderosos vecinos norteamericanos.

Y en este contexto, recordamos lo que en su momento bien dijo el periodista mexicano Manuel Buendía en cuanto a que México no ocupaba de un dólar, sino de un líder, para salir de la crisis económica que ya se vislumbraba en la época del presidente José López Portillo. A estas alturas, dados los efectos de las constantes crisis que se han registrado, México requiere de un líder con la grandeza y la fortaleza de un Juárez, un Hidalgo, un Morelos o un Madero. ¿Pero cuándo surgirá? Me parece que aún no ha
nacido.

El 21 de marzo es una de las fechas más gloriosas e importantes de México, como lo es también el 16 de septiembre. Sin embargo, se debiera empezar a generar una gran cultura juarista u otras acciones constantes entre los escolares que tenga qué ver con el ejemplo del indio de San Pablo Guelatao. ¿Por qué no hacer algo más que la ceremonia oficial y los homenajes que se hacen sólo un día en memoria de Juárez?

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