ESTACIÓN SUFRAGIO

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¿QUIÉN GANÓ EL DEBATE?

Para establecer cuál de los cinco candidatos a la Presidencia de la República ganó el primer debate convocado por el INE, tendríamos que empezar por fijar los parámetros para medir aciertos que tuvieron o errores que cometieron los aspirantes.

Porque si de promediar la habilidad para exponer los temas y cuestionar las posturas de los candidatos respecto a esas mismas problemáticas se trata, quien ganó el debate fue la moderadora Denise Maerker. Y en segundo lugar habría que colocar a Azucena Uresti, dejando en un lejano tercer sitio a Sergio Sarmiento.

Claro, proclamar a un ganador depende de las percepciones personales y según muchos encuestados Uresti superó a Maerker por gracia, simpatía y belleza. Sin embargo, me atengo a un valor objetivo: la conductora del noticiero estelar de Televisa tuvo, o al menos así pareció, más tiempo de exposición que la presentadora de Milenio Televisión.

Ya en serio, a este primer debate llegaron los candidatos buscando, por un lado, disminuir la amplia ventaja que lleva Andrés Manuel López Obrador sobre su más cercano competidor, y, por otro, desbancar a Ricardo Anaya del segundo puesto.

Quien llegue al final de la campaña detrás del puntero, podrá reclamar para sí el voto útil e incluso pedir a los otros candidatos del continuismo del régimen que declinen a favor del segundo.

No sé José Antonio Meade, Margarita Zavala y Jaime Rodríguez llegaron a cualquiera de estas dos metas: minar al Peje y rebasar a Anaya. Eso se sabrá conforme avance el posdebate que, más allá de los foros periodísticos que los medios impresos, electrónicos o digitales armaron para analizar el evento, se está dando en las redes sociales.

GANA QUIEN NO DICE QUE GANA:

En 1994, el debate, como las encuestas, tenían un propósito eminentemente propagandístico. El abanderado del PRI, Ernesto Zedillo vino a Colima al siguiente o al tercer día para “festejar” con los universitarios colimenses “su triunfo” en un encuentro triangular donde,

evidentemente, el panista Diego Fernández de Cevallos lo había hecho papilla.

En 2000, Francisco Labastida se inmoló repitiendo todos los insultos que le había venido espetando Vicente Fox —El Bronco de esas elecciones: “Me ha dicho chaparro, me ha llamado mariquita, me ha dicho la vestida…”, comentó en el debate quien luego sería el primer priista en perder una elección presidencial en siete décadas.

Eso no les impidió a sus correligionarios afirmar que el ex secretario de Gobernación había ganado el debate. Mas de ser cierto probablemente no se habría consumado la victoria del ex gobernador de Guanajuato.

Si el debate se concibe como un encuentro pugilístico (con cinco candidatos aquello más bien resultó una batalla campal de lucha libre), el domingo en el Palacio de Minería AMLO no metió ni las manos.

Aceptó todo el castigo que le propinaron sus adversarios con una apuesta temeraria: mostrarse como la víctima de un complot por el que, de todas maneras, los otros candidatos ni los moderadores le iban a permitir explicar situaciones que no se ven bien, como sus fuentes de ingreso, sus propiedades o sus alianzas estratégicas con priistas y panistas que en otro momento operaron la caída del sistema, controlaron sindicatos y movimientos de lucha, votaron el Fobaproa o las reformas estructurales.

LA VERDAD INCÓMODA:

Por sus propias deficiencias como orador, al Peje no le iban a alcanzar los minutos para exponer que, aun cuando no se haya actualizado el Registro Público de la Propiedad de la Ciudad de México, él ya hizo ante notario la venta, cesión o donación de los mentados tres departamentos que Meade cree haberse ganado.

Ya se cansó de decir que no voló en un jet privado sino en una avioneta. Y sus detractores no van a aceptar como respuesta que liderar un movimiento de regeneración nacional es un modo honesto de ganarse la vida.

Si lo dijera, los antipejistas se darían vuelo acusándolo de vivir del erario. Pues de donaciones de sus simpatizantes, de las cuotas que aportan los legisladores que comulgan con su proyecto y de las prerrogativas que corresponden por ley al partido Morena, es de lo que “ha vivido todos estos años López Obrador”.

Una vez más el tabasqueño desperdició la oportunidad de aclarar qué quiso decir cuando prometió la amnistía a los delincuentes. Anaya le reprochó que diga a cada grupo social lo que quiere oír. Pero yo pienso que AMLO no quiere destruir la idea que se han construido sobre lo que

será su gobierno cada uno de los distintos sectores sociales que lo apoyan.

El Peje es demócrata cristiano para unos, socialdemócrata para otros; nacionalista para alguno más, revolucionario (e incluso bolivariano) para los más radicales; estatista para los nostálgicos y promotor de la libre empresa para los más enterados.

Muchos nos quedamos esperando que López Obrador explicara la amnistía en los mismos términos con los que el gobierno de Peña Nieto puso en marcha el nuevo sistema de justicia penal: despresurizar las cárceles, que son universidades del crimen, para que solo queden en ellas los delincuentes realmente peligrosos y no los presos de la pobreza, a quienes cuesta un dineral alimentar y atender.

Sin embargo, AMLO dejará que estos asuntos los ventilen en las mesas de posdebate sus escuderas discursivas Yeidkcol Polevnsky y Tatiana Clouthier o alfiles como Mario Delgado Carrillo, mucho más hábiles con las palabras que el candidato.

Y apelará a la indestructible confianza que tienen en Andrés Manuel sus seguidores, para superar su mal desempeño en el debate casi sin perder puntos en las encuestas.

MEADE Y SUS DEPENDIENTES:

Quien ganó el debate en términos de oratoria es Ricardo Anaya: demostró que en la Cámara de Diputados se aprende, además de pedir moches, a usar la tribuna.

El joven maravilla (podría hacer de Robin en la versión mexicana del Caballero de la Noche) está tan bien entrenado para hablar en público que redondeaba sus frases justo cuando paraba el cronómetro.

El Bronco es un payaso al que, en aras de la democracia, la decencia y la inteligencia, no le deberían permitir participar en los siguientes debates. Qué va a proponer en el próximo si en este quería cortarle las manos a los políticos corruptos: ¿pena de muerte a los secuestradores?

Margarita Zavala nunca dejará de ser la esposa de Felipe Calderón, por muy empoderada que se muestre. Y José Antonio Meade tiene la gracia de un hipopótamo. Es malo para contar chistes y no demostró ser el más capacitado de todos los candidatos, como tanto ha presumido.

Su diagnóstico sobre la inseguridad, por lo demás, adolece de un problema teórico: es verdad, hay malos detrás del negocio del narcotráfico, el secuestro, la trata, el narcomenudeo y la piratería, pero que hayan prosperado Las industrias delictivas no se explica sin la complicidad o la tolerancia de las autoridades.

Entre otras cosas, los dos gobiernos a los que sirvió José Antonio Meade faltaron a su responsabilidad hacendaria de seguirle la pista al dinero sucio.

Mi correo electrónico: carvajalberber@gmail.com. Esta columna también se puede leer en el sitio www.carvajalberber.com y en sus redes sociales.

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