ESTACIÓN SUFRAGIO

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ESTAMOS EN POST-CAMPAÑA:

El sistema político mexicano diseñó una lógica para la transición sexenal que operó a partir de 1940 y dejó de ser funcional en la coyuntura de 1988, en la sucesión de Miguel de la Madrid a Carlos Salinas de Gortari.

Esa lógica indicaba que, en el momento de mayor concentración de poder, el presidente constitucional designaba al candidato del Partido Revolucionario Institucional y, desde el momento del destape, la autoridad política se iba traspasando gradualmente del mandatario saliente al futuro jefe de Estado.

El empoderamiento del nuevo jefe nato se aceleraba a partir de la elección, daba un salto hacia delante con la calificación de los comicios y la declaración de presidente electo, y se consumaba en la ceremonia de transmisión de poderes.

La eficacia del dedazo se perdió en 1987 cuando una corriente al interior del PRI exigió al presidente De la Madrid democratizar la elección del candidato. Aunque no era la primera vez que eso ocurría, el aparato político se fracturó –surgió el Frente Democrático Nacional del cual saldría en 1989 el PRD– y el conflicto se resolvió mediante un fraude electoral.

La transición en la alternancia de Ernesto Zedillo al panista Vicente Fox se dio en otros términos, los de un acuerdo cupular. La responsabilidad de frenar a las huestes priistas para que no intentaran imponer a Francisco Labastida, corrió a cargo del propio mandatario nacional.

NO HAY TOMA ADELANTADA:

Con todo, la transición de 2018 no se parece a ninguna de las anteriores. Pese a lo que muchos opinan, no ha habido una toma anticipada del poder. No se adelantó la toma de posesión. Al contrario, se ha buscado minar la legitimidad del presidente electo.

Muchos priistas se duelen de la manera en que Enrique Peña Nieto cedió la plaza sin pelear, seguramente obligado por la aplastante intención del voto a favor de Andrés Manuel y una elección validada por la Casa Blanca ya en manos de Donald Trump.

Pero en realidad son pocas las coincidencias entre el último gobierno del ciclo neoliberal y el que representa a la Cuarta Transformación. No solo difieren en temas como el nuevo aeropuerto de la ciudad de México o la negociación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá. Peña Nieto ha dejado en claro que él buscaba solucionar los problemas del país con fórmulas muy distintas a las que planteó López Obrador en su campaña.

Por eso, después de la debacle de su partido EPN no pudo sino lamentar que se vayan a echar atrás reformas como

la educativa o la energética, por no hablar de la estrategia para el combate del narcotráfico.

De más está decir que el modelo económico y el esquema de seguridad que siguió Peña no fueron respaldados por la población mexicana. José Antonio Meade no resultó competitivo solo por su falta de carisma o de facilidad de palabra. La gente rechazó la oferta del candidato oficialista porque suponía más de lo mismo. Y el voto fue por el cambio.

Por el cambio radical, además. La baja rentabilidad electoral de Ricardo Anaya y la nula competitividad que tuvo Margarita Zavala se debieron a que ambos candidatos de derecha ofrecían una alternativa al PRI pero con moderación.

En ese sentido, no es casual que la estrategia para deslegitimar el triunfo de AMLO consista en subrayar los rasgos de un aparente gatopardismo. Han ido desde decir que Morena es el nuevo PRI, hasta acusar a los nuevos diputados y senadores de replicar los vicios legislativos del pasado. La idea que quieren sembrar es que en el próximo sexenio todo cambiará para quedar igual.

ES SOLO PRESIDENTE ELECTO:

Ahora resulta que los más interesados en que López Obrador cumpla su agenda de campaña son los priistas y sus aliados panistas que se mofaron de propuestas tan audaces como rebajar lo sueldos de la alta burocracia, cancelar la construcción del aeropuerto en Texcoco, desaparecer el Estado Mayor Presidencial y vender el

avión presidencial, descentralizar la administración pública o conculcar la Reforma Educativa.

Un día después de los comicios, le exigían al ganador cumplir su promesa de transformar al país. No esperaron a que lo nombraran presidente electo para apurarlo a definirse sobre cuestiones fundamentales, aprovechando que AMLO y sus futuros secretarios de Estado tendían a pensar en voz alta sobre lo que se puede o no se puede hacer a corto plazo. Y menos quieren esperar a que tome posesión de la Presidencia de la República.

Por eso es que en el interregno, más que un periodo de transición estamos viviendo una post-campaña en la que López Obrador recorre el país para agradecer el voto, sí, pero esencialmente para fortalecer la credibilidad en su proyecto de nación.

No todo es labor discursiva, pero el equipo de AMLO y el de Morena tienen que ser conscientes que mientras “la prensa fifí”, como ellos la llamaron, se han esforzado por hacer una lectura negativa de las acciones y declaraciones de los nuevos gobernantes, los colaboradores de Andrés Manuel no se ocuparon del control de daños.

Ni siquiera se esforzaron en no enviar mensajes contradictorios, como el que supuso la elegante boda de César Yáñez Centeno. O el que implica hacer una consulta no vinculante en la que ya no entendemos si lo que se busca es que la gente vote… a favor de continuar la obra del NAICM.

Sin embargo, no todo es un problema de comunicación. Y en el plano de la acción política, el presidente electo

puede estar siendo más eficaz en sus reuniones a puerta cerrada con los gobernadores, de como lo ha sido en el terreno de la propaganda.

Un campo, el de la comunicación política, en el que se destacó como un publicista innato durante los 12 años en los que estuvo haciendo campaña a la Presidencia.

PARA LA CIUDAD Y EL MUNDO:

La gira de agradecimiento que tocó ayer Colima debe servir para reposicionar a AMLO, para crear los vínculos con los gobiernos que le quedan en los estados al PRI o al PAN, y para cohesionar a las fuerzas morenistas.

Éstas, una formación política de orígenes tan diversos, se están viendo agitadas por el arribo de sus cuadros al poder en el Congreso de la Unión, los gobiernos de los estados, las legislaturas locales o los ayuntamientos donde tendrán la mayoría.

Desde la oposición a Morena, la post-campaña ha tenido un propósito: medir fuerzas con el futuro mandatario para negociar los márgenes de maniobra que tendrán el próximo sexenio lo mismo la gran prensa que los otrora partidos mayoritarios, el capital o los gobernadores de los estados.

Ninguno de estos actores ignora que el poder se ejerce. Y que a partir del 1 de diciembre López Obrador lo ejercerá a plenitud. Mas, por lo pronto, harán lo imposible por ganar yardas en un último esfuerzo por llevar la línea de golpeo más adentro en el terreno del futuro presidente de la República.

Mi correo electrónico: carvajalberber@gmail.com. Esta columna también se puede leer en: www.carvajalberber.com y sus redes sociales.

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