MOMENTOS EN LA HISTORIA

Noé GUERRA PIMENTEL

MIRADAS DE LA DESMEMORIA, A CIEN AÑOS

Este texto nace de una experiencia concreta: la presentación de Miradas de la desmemoria, el sábado 28 de marzo en Coquimatlán, ante un auditorio lleno, en su mayoría vecinos del lugar y ambientado con personajes caracterizados de época, estratégica escenografía y música atemporal como preludio. Con amenaza de tormenta bajo el cielo ennegrecido, fue una jornada entrañable, compartida con el autor y escritores de trayectoria como los poetas Indira Torres, Armando Polanco y Adín Valencia, los dos últimos, destacados consocios de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos, A.C., en presencia también del presidente municipal, Luis Gerardo García Olivares.

Contexto que no es menor: habla del vínculo latente entre la obra en mención y la comunidad que en parte le da sentido. Quien se acerque a esta primera novela de Alfredo Larios Pizano debe saber que no encontrará una historia fría ni distante, ni parcial, ni mucho menos victimista. Aquí, la narrativa se cuenta desde adentro, desde la memoria de quien la vivió o que por tradición oral la heredó. Esa elección —narrar en primera persona— hace que la guerra cristera deje de ser un tema de archivo y archivado para volverse experiencia íntima: algo que se recuerda, siente e interpreta.

La novela se sitúa en el sur de Jalisco y en Coquimatlán, escenarios intensos de ese conflicto en el que la gente, el pueblo, quedó entre dos fuerzas que, a costa de ellos, de los vecinos de a pie, se disputaron el poder. Pero no estamos ante un discurso épico ni documental. Lo que importa aquí es lo vivido como cotidiano: el miedo, la fe, las lealtades las dudas, la muerte. El narrador mira a los cristeros como a los federales sin caer en simplificaciones. Y ahí está uno de los aciertos: mostrar que no hubo buenos absolutos ni malos absolutos, sino personas enfrentando decisiones difíciles en medio de una realidad compleja, incomprensible, para muchos.

Larios Pizano recupera palabras añejas, giros del habla rural y formas propias de la región. No como ornamento, sino como esencia del relato. Gracias a eso, los lectores no solo entendemos la época, la escuchamos. La prosa tiene ritmo, tiene cadencia, parece venir de la conversación frente al quinqué, de la secreta memoria familiar, de la silenciada voz de los pueblos. A esto se suma una riqueza notable en las imágenes. Las metáforas nacen de lo cercano: la tierra, el humo, los caminos. No se trata sólo de ver lo que ocurre, sino de oler, escuchar, sentir. El paisaje no es fondo: es parte viva. Uno no sólo lee los lugares, los recorre.

La estructura por capítulos también aporta a esta idea. Títulos como Cementerio de voces o Tiempos de purgación no sólo nombran episodios, sino estados de ánimo, momentos de conciencia. El tiempo no avanza en línea: regresa, se replantea, se resignifica, como suele ocurrir con la memoria. Los espacios —Coquimatlán, San Sebastián de Analco— aparecen cargados de sentido, no son simples escenarios, sino territorios donde se cruzan la vida comunitaria, la religiosidad y la violencia. La geografía se vuelve emocional, y el recorrido del narrador es un viaje interior.

La novela también acierta al mostrar las contradicciones de la época. La fe aparece como fuerza vital, pero también como motivo de conflicto. La autoridad política puede ser orden o imposición. Esa mirada evita el maniqueísmo y nos acerca a una comprensión más humana de la guerra cristera. En conjunto, Miradas de la desmemoria logra algo poco común: equilibrar memoria personal, reconstrucción histórica y un trabajo cuidado del lenguaje. Nos recuerda que la historia no vive sólo en los documentos, sino en lo que se dice, en lo que se recuerda, en lo que permanece y es.

Este libro no busca respuestas definitivas. Más bien, invita a leer una voz que quiere entender el pasado mientras lo cuenta desde una visión imparcial, entendiendo que los protagonistas eran seres humanos con una vida y un pasado, con sueños por vivir. Y ahí está su mayor valor: en mostrarnos que la memoria no es algo fijo, sino una forma constante de volver a mirar lo vivido marginando prejuicios y alejando parciales juicios.