Mucho gusto
Alberto Llanes
¿Y para qué leemos?
Hace unos días terminó otra feria del libro en Colima. Otra más. Y lo digo con cariño, porque quienes hemos participado en este tipo de encuentros sabemos perfectamente todo lo que hay detrás: reuniones, permisos, convocatorias, presentaciones, escritores que llegan, escritores que se van, libros que se acomodan, sillas que se ponen y se quitan, micrófonos que funcionan —cuando funcionan—, gente que trabaja durante días para que, finalmente, podamos decir: “Qué bonita estuvo la feria”. Y sí. Estuvo bien.
Siempre está bien que haya libros, escritores, lectores, talleres, presentaciones y espacios para hablar de literatura. Faltaba más. Pero después de asistir a una cantidad considerable de ferias y encuentros literarios, uno comienza a hacerse preguntas que quizá no sean tan cómodas. Por ejemplo: ¿qué pasa después de la feria?
Porque durante esos días todos hablamos de la importancia de leer. Se habla de formar lectores, de acercar los libros a los jóvenes, de fomentar la escritura, de impulsar a los autores locales. Se organizan concursos de cuento y poesía, talleres, mesas de diálogo y presentaciones. Se mueven personas, instituciones y recursos. Y todo parece miel sobre hojuelas.
Pero luego termina la feria. Y ahí comienza la verdadera pregunta. Yo, por ejemplo, si viviera de los libros que escribo, tendría que buscarme otro oficio, que es en realidad lo que hago. En esta última feria vendí cuatro ejemplares. Cuatro. No me quejo —cada lector que compra un libro merece mi agradecimiento—, pero tampoco voy a fingir que con cuatro libros vendidos un escritor puede pagar la renta, la luz o siquiera las cervezas para celebrar que la literatura sobrevivió otra semana. Y hay otro pequeño detalle: no todos los libros que uno publica están disponibles para venderse. Algunas editoriales simplemente no los llevaron, otras tienen esquemas de distribución que poco tienen que ver con quienes escribimos, y en ciertos casos las ventas ni siquiera representan un ingreso para el escritor.
Entonces uno se pregunta: ¿en qué momento el autor deja de ser solamente el invitado simpático que habla de su libro y se convierte en alguien que puede vivir dignamente de su oficio? Porque también sucede algo curioso. Todos decimos que leer es importante. Todos estamos de acuerdo en que los niños deben leer, que los jóvenes se acerquen a los libros, que escribir es fundamental para comunicarnos mejor. Pero, seamos honestos: ¿cuántos de quienes lo decimos realmente leemos? ¿Y cuántos escribimos?
No basta con tomarnos la fotografía frente a una mesa llena de libros. No basta con inaugurar una feria, entregar reconocimientos o lanzar una convocatoria. Todo eso está muy bien, pero una política cultural no puede medirse solamente por la cantidad de eventos realizados. Y aquí aparece otra preocupación: las humanidades.
Mientras hablamos de lo indispensables que son la literatura, la lectura, la escritura, la filosofía, la historia y el pensamiento crítico, las licenciaturas relacionadas con estas áreas cada vez tienen más dificultades para sobrevivir. Menos estudiantes, menos grupos, menos espacios. Y entonces la pregunta se vuelve todavía mucho más incómoda: Si leer y escribir son tan importantes, ¿por qué cada vez parece que tenemos menos espacio para quienes hacen de esas actividades una profesión?
Quizá una feria del libro sí sirva. Quizá cuatro libros vendidos también sean cuatro lectores que mañana recomienden esos libros a alguien más. Quizá una niña que entra a un taller salga de ahí con la curiosidad suficiente para buscar su primer cuento. Quizá un joven descubra que escribir no es una tarea escolar, sino una manera de entender el mundo. En esta Feria del Libro conocí a Alejandra, una alumna de la escuela de Talentos que, al concluir mi presentación, se acercó, intercambió algunas palabras conmigo, me dijo que le había gustado mi rollo literario, rockero, sobre todo por el estilo desparpajado, libre, sincero, ligero, con el que me expresé, tanto que le dio por escribir y leer, compró mi ejemplar y se fue feliz con el libro bajo el brazo.
Una feria del libro no debería terminar cuando se desmonta el escenario. Debería comenzar ahí. Esto mismo decía cuando me encargaba de hacer el programa de la Feria del libro universitario Altexto, cuando laboraba en la Dirección General de Publicaciones y, aunque nadie me hacía caso, yo empezaba, por cuenta propia, a pensar en las actividades de la siguiente feria. El verdadero éxito de una feria no tendría que medirse solamente por cuántas personas asistieron, cuántas presentaciones hubo o cuántos libros se colocaron sobre una mesa. Tal vez habría que preguntarnos cuántos lectores nuevos produjo, cuántos escritores pudieron continuar escribiendo, cuántos libros circularon después y qué ocurrió con toda esa conversación sobre la importancia de leer.
Yo seguiré participando en ferias, presentando libros, hablando de literatura y, seguramente, intentando vender alguno, porque esta es mi pasión y mi oficio. Pero después de vender cuatro ejemplares, permítanme la duda. ¡Mucho gusto, literatura! Qué bueno que te queremos tanto. Ahora sólo falta que también sepamos qué hacer contigo cuando se acaba la feria…







