En solfa
Por Héctor Sánchez de la Madrid

Extiendo mi felicitación a los 9 ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que botaron a la basura la primera parte del “Plan B” del presidente Andrés Manuel López Obrador, aprobada vergonzantemente por las bancadas de Morena, PT y PVEM de la Cámara de Diputados y el Senado para despedazar al Instituto Nacional Electoral. Pronto harán lo mismo con la segunda parte del “Plan B”.

Las y los 9 ministros de la SCJN, encabezados por la presidenta Norma Lucía Piña Hernández, cumplieron con la función para la que fueron nombrados y está estipulada en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, no lo hicieron por capricho ni porque se los ordenara alguna autoridad, empresario o dirigente de partido político u organización ciudadana, hicieron su trabajo obedeciendo a la máxima ley.

No sucedió así con las ministras Loretta Ortiz Ahlf y Yasmín Esquivel Mossa (de Riobóo, uno de los empresarios favoritos de López Obrador, de Marcelo Ebrard y Claudia Sheinbaum), que fueron propuestas por el actual mandatario federal y responden a las órdenes e intereses de quien las puso, razón por la que votaron a favor del “Plan B”, quedando exhibidas por estar al servicio de Andrés Manuel y no de la nación.

Pero no sólo las ministras mencionadas se vieron mal con su apoyo incondicional al titular del Poder Ejecutivo, aun perteneciendo al Poder Judicial, sino también las y los senadores y diputados federales de Morena, PT y PVEM (Poder Legislativo) que aprobaron vía fast track las reformas que destrozaban a la máxima autoridad electoral en el país, garante de los comicios limpios, justos y legales, fruto de varias generaciones de mexicanos.

Está claro el golpe bajo que intentó darle el presidente al INE, así como que ya no pudo propinárselo para los comicios de este año en el Estado de México y Coahuila, y el próximo en la elección presidencial, sin embargo, debemos abocarnos a los fines que perseguía, los por qué y para qué buscaba dejar inservible a la más alta autoridad comicial de la nación, que es lo verdaderamente importante del caso que comento.

El objetivo que pretendía el “Plan B” era totalmente personal y partidario, falso que procuraba beneficiar al pueblo bueno y sabio al que se refiere Andrés Manuel y el cual ya abrió los ojos y se dio cuenta que lo está usando para sus intereses propios y familiares, como lo ha evidenciado el excelente reportero Carlos Loret de Mola Álvarez con sus trabajos periodísticos sobre sus hijos José Ramón y Andrés Manuel López Beltrán.

El fin que intentaba alcanzar era inutilizar al INE para que en los comicios presidenciales de 2024 no fungiera como el estupendo árbitro que ha sido desde que fue fundado su antecesor, el Instituto Federal Electoral, y se probara en 2000 cuando se logró la alternancia con el triunfo del panista Vicente Fox Quesada que rompió la hegemonía del PRI que duró 71 años en el poder, menos mala que los 4.5 años y 10 días del lopezobradorismo.

Ahora bien, ¿por qué López Obrador quería dejar inoperante al INE si según él todo está bien en México y el pueblo bueno y sabio lo idolatra? La respuesta es que no es verdad esa adoración masiva, acepto que hay todavía chairos, mujeres y hombres, que lo consideran un mesías, pero también que cada día hay menos y los que quedan es porque reciben migajas de su gobierno o por sus odios y complejos personales. No encuentro otra razón.

Su propósito era, y es, inutilizar al árbitro electoral para hacer lo que le venga en gana en los siguientes comicios presidenciales, para violar las leyes electorales y así llevar a la presidencia de la República a la corcholata que decida cuando quiera y cómo quiera. Sabe Andrés Manuel que no tiene la aceptación con la que empezó su mandato y que en 2024 perderá Palacio Nacional si la alianza opositora permanece unida y elige al candidato idóneo.

En este punto me asaltan dudas y temores, pues creo posible que algunos directivos partidarios, nacionales y estatales, se vendan y traicionen los principios y banderas que enarbolan los institutos políticos que dirigen, ya sea por dinero o por prebendas, o por no castigarles las raterías y arbitrariedades que cometieron en el pasado. Lo mismo considero que podrían hacer muchos de sus militantes importantes y poderosos que tienen ambiciones y colas largas.

Las señales que ha emitido el presidente no son las de un político feliz que vislumbra un final espléndido de su mandato, tampoco un futuro promisorio en el que retendría la presidencia de la República con la corcholata más sumisa y manejable, sino todo lo contrario, cada vez está más irascible e intolerante, similar a un dictador al que no le han salido bien las cosas. Por eso es tan relevante que la alianza Va por México consolide a todos los partidos opositores y acuerden el proceso democrático en el que elijan al mejor abanderado que tengan, al igual que instalen los candados para que los directivos no vayan a traicionar al movimiento que pudiera salvar a México de la dictadura imperfecta de Morena.