En solfa
Por Héctor Sánchez de la Madrid

Después de un largo proceso de antecampañas y precampañas, previstas en la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales, pisoteada por las postulantes y sus partidos, sobre todo por quien debería de respetarla por el máximo cargo público que ostenta, el presidente de la República, que una y cientos de veces violó y se pitorreó del más alto conjunto de normas comiciales, el viernes a las 0.01 segundos la candidata de la oposición arrancó su campaña presidencial.

Xóchitl Gálvez Ruiz, abanderada de la coalición Fuerza y Corazón por México, que integra al PAN, PRI y PRD, en estricto orden cronológico, tuvo la sensibilidad de iniciar el proceso que podría llevarla a la presidencia de la República el inexorable 2 de junio, en Fresnillo, Zacatecas, la ciudad más peligrosa de México gobernada por uno de los miembros de la mafia Monreal, encabezada por el hoy senador Ricardo Monreal Ávila, futuro diputado federal plurinominal de Morena.

A pesar de la hora nocturna y el clima gélido, principalmente por el ambiente de amenazas y muertes que asola a esa ciudad, al estado y al país en general, se volcaron 5 mil personas a escuchar a la candidata de la esperanza y a apoyarla en su cruzada de rescatar a nuestra nación de las garras infames del presidente Andrés Manuel López Obrador, de su horda de fanáticos que lo cubren y le festejan sus desvíos de ríos del erario y sus atropellos constitucionales, además de apoyar a su calca que sería peor.

Xóchitl tiene un origen humilde del que salió adelante por su propio esfuerzo hasta cursar una carrera de ingeniería que le permitió fundar una empresa fuerte y sólida que manejan su hija e hijo; ingresó a la vida política por invitación del presidente Vicente Fox Quesada luego de ser localizada por su equipo de “headhunters” (cazadores de talentos), que le permitió desarrollar su verdadera vocación que es la de servir a los que menos tienen, la de ayudarlos a que se valgan por sí mismos.

Sus antecedentes son impecables, distintos a la mayoría de las y los políticos tradicionales que nacieron en el poder o al llegar a él se aprovecharon hasta enriquecerse brutalmente. Al pertenecer a la cultura del esfuerzo sabe lo difícil que es subir y mejorar la vida y estatus, sobre todo en un sistema político y social corrompido y elitista como el que padecemos desde tiempos inmemoriales. Su camino arduo y complicado no la amargó ni la hizo perder piso, al contrario, fortaleció su carácter y agudizó su sentido de humor.

Su facilidad de palabra, su forma directa de hablar le permite plantear propuestas positivas y viables, sabedora de que, por experiencia propia, sí se puede salir del atolladero en que nos encontramos, con trabajo y responsabilidad. Su característica principal es comunicar soluciones a los problemas que sufren millones de mexicanos, al igual que enseñar el camino a los gobiernos, a darles respuestas para enfrentar y resolver las crisis que los agobian y asfixian. Todo se puede con trabajo honesto y buen humor, sería su lema.

Su conocimiento y percepción del país que tenemos, de la gran riqueza humana, de los diversos y cuantiosos recursos naturales, de la avanzada estructura técnica, de la abundancia de instituciones, carreteras, puentes, hospitales, escuelas, universidades con que contamos en México, entre otros muchos valores que me faltaron mencionar, le permite encontrar las soluciones a los problemas que a los políticos mesiánicos, corruptos, egoístas y soberbios, los ha hecho volar a grandes alturas de donde se han venido a estrellar en el suelo invariablemente.

Xóchitl tiene la enorme cualidad de no haber pertenecido a partido político alguno, lo cual es un plus y una ventaja al no estar viciada por los procedimientos políticos amañados y corrompidos de los abanderamientos que por una u otra causa ninguno se salva de ese estigma en mayor o menor grado. Su neutralidad partidaria le facilita llevarse bien con los institutos y sus militantes de cualquier ideología política como la alianza que la respalda y está conformada por el PAN, PRI y PRD, de derecha, centroizquierda e izquierda, respectivamente.

Su frescura política, su sencillez y su simpatía personal le permiten empatizar con las y los ciudadanos de distintos niveles sociales y políticos, incluso con profesionistas e intelectuales, analizando todos los temas de interés general. Su discurso es accesible para todas y todos los mexicanos, aunque ello no significa que sus mensajes y propuestas sean triviales, al contrario, son serios y profundos pues muchos de ellos los vivió y aprendió en carne propia. Su experiencia de vida le da un conocimiento y una madurez ideales para dirigir y gobernar a México.

Del otro lado, la candidata del oficialismo, Claudia Sheinbaum Pardo, quien literalmente inició con el pie izquierdo su campaña en el Zócalo de la Ciudad de México al superar las prácticas viciadas de los tiempos hegemónicos de los años 70, empleando el acarreo descarado (aceptado por la postulante y el dirigente de Morena) de decenas de miles de mujeres y hombres de diferentes partes del país a quienes les entregaban camisetas, tortas, refrescos y dinero. Todo lo que la izquierda criticó del PRI y el PAN lo volvieron a hacer, pero con creces, sin recato alguno.

Lo peor del empiezo de Claudia fue la falta de originalidad de su propuesta, al repetir el esquema que usó su tutor Andrés Manuel López Obrador hace seis años, como si su gobierno fuera un éxito. Prometió levantar el segundo piso de la cuarta transformación, a pesar de que no han terminado el primer nivel. La cereza del pastel fue cuando señaló que había dos caminos que tomar en las próximas elecciones: “seguir el camino de la corrupci… seguir el camino de la transformación”, expresando involuntariamente un acto fallido de lo que quiere callar y encubrir.