Tiempo fuera

Por Héctor Sánchez de la Madrid

El periodista Héctor Sánchez de la Madrid entrevistando al candidato del PRI a la presidencia de la República, Luis Donaldo Colosio Murrieta, el 10 de febrero de 1994. Al centro Patricia Sanchez Espinosa.

El periodista Héctor Sánchez de la Madrid entrevistando al candidato del PRI a la presidencia de la República, Luis Donaldo Colosio Murrieta, el 10 de febrero de 1994. Al centro Patricia Sanchez Espinosa.

Luis Donaldo Colosio Murrieta formó parte de un entorno enrarecido desde que fue nominado candidato del PRI a la presidencia de la República el 28 de noviembre de 1993 por sus inusuales posicionamientos críticos al sistema y al gobierno de los cuales emanó. El presidente Carlos Salinas de Gortari igualmente descompuso el ambiente político al alentar que se creara la duda del cambio de postulante y entrara en su lugar Manuel Camacho Solís. El 27 de enero de 1994 en una reunión en Los Pinos con funcionarios federales y estatales, el mandatario federal soltó la frase: “No se hagan bolas, el candidato es Luis Donaldo”. El miércoles 6 de marzo, Colosio Murrieta pronunció, con su espléndida voz, una magnífica pieza oratoria en la explanada del Monumento a la Revolución, elaborada por Samuel Palma, Jorge Treviño y Cesáreo Morales, basada en el memorable discurso de Martin Luther King, “I have a dream”, en la que fustigó duramente a las instituciones y administraciones de las cuales provenía y formaba parte. Fue el preámbulo de su asesinato, 17 días después, a manos de Mario Aburto Martínez. Se supo entonces que el candidato presidencial del PRI le había enviado con anticipación su arenga al presidente de México para su aprobación.

El principal sospechoso de la autoría intelectual del magnicidio en ese tiempo —lo sigue siendo— fue el entonces presidente Salinas de Gortari (quien le habría ordenado la ejecución a su jefe de Gabinete, Joseph Marie Córdova Montoya), sin embargo, no lo creí entonces, no lo creo ahora, que fuera él, por dos razones: la primera, porque Carlos Salinas tenía y tiene una inteligencia superior; la segunda, porque en ese momento era la persona más poderosa en el país, por lo que si él hubiera sido el autor intelectual el asesinato habría sido perfecto y desde luego que no lo fue, partiendo de que a 30 años de cometido —se cumplen el sábado próximo— sigue abierto el debate de quién ordenó que lo mataran, también del tipo de homicida que era un individuo con retraso mental y sin experiencia en armas, de igual forma que la pistola con la que lo acribilló era de una marca brasileña, Taurus, calibre .38 mm, de ínfima calidad, sobre todo para usarla con ese propósito.

El asesinato de Luis Donaldo está plagado de situaciones irregulares que si las analizamos nos pueden llevar al presunto autor intelectual, la primera es el clima político enrarecido por el candidato, el presidente y el presunto sustituto, habiéndoles platicado de los dos primeros, me aboco al tercero, a Manuel Camacho que fue usado por Salinas de Gortari hasta un día antes del magnicidio, el 22 de marzo, día en el que el entonces Comisionado para la Paz y la Reconciliación en Chiapas, después de sostener un encuentro extenso con Carlos Salinas en Los Pinos, al salir se dirigió al Hotel Nikko, a 2.6 km de distancia, donde dio una conferencia de prensa en la que declaró: “Sí quiero ser presidente de la República, pero no a cualquier costo”, abandonando su aspiración legítima de ser el candidato presidencial. Esa fue la cabeza de los periódicos nacionales del 23 de marzo, día en el que le cortaron la vida a Colosio Murrieta en Lomas Taurinas, Tijuana, un lugar encerrado, hundido, que dificultaba la protección del político sonorense, como también la huida del homicida que luego del asesinato fue capturado de inmediato. El Aburto que observamos en la televisión se ve distinto al que volvimos a mirar uno o dos días después en la pantalla chica por varias razones: la primera es porque las escenas de esa tarde fatídica, no son claras porque estaba anocheciendo; la segunda es que Mario acababa de cometer un magnicidio, estaba a punto de ser linchado y había sido golpeado por los agentes de seguridad y por algunos asistentes, portaba una camiseta hecha girones, traía el pelo largo, hirsuto, con barba de varios días; la tercera es porque después lo vimos en el Centro Penitenciario Almoloya de Juárez, parado sobre una tarima, iluminado con reflectores, con chamarra, pelo corto y rasurado, creándose la confusión de que lo habían cambiado por otro, que no era el que observamos en Lomas Taurinas. Ese embrollo creció en la mente de muchas personas que les gusta creer en las fantasías. La revista “Siempre!” publicó en ese tiempo un estudio antropomórfico en el que científicamente confirmó que era la misma persona la de Lomas Taurinas y la de Almoloya de Juárez. Enseguida vino el teatro de los fiscales especiales, que decían una cosa como otra, creando un nudo gordiano difícil de desatar. Un tema irrelevante es si hubo un segundo o un tercero tirador, pues lo importante era y es identificar al autor intelectual. Por si fuera poco lo anterior, las autoridades cambiaron a los pocos meses el entorno de Lomas Taurinas en el que perdió la vida un mexicano idealista, sencillo, abierto, como buen norteño, que quizás hubiera sido un gran presidente de México, aunque nunca lo sabremos. Su pérdida tuvo que ver con la derrota del PRI seis años después, aunque esa es otra historia y es lo de menos.

Mi conclusión es que el autor intelectual no fue Carlos Salinas de Gortari, por los argumentos expuestos, como tampoco Joseph Marie Córdova Montoya, por razones parecidas, pero sí alguien muy cercano al presidente que estaba enfermo de poder en ese momento y que se dio cuenta que iba a perderlo todo en el régimen de Luis Donaldo Colosio, sobre todo los grandes negocios que hacía en el Gobierno Federal, algunos relacionados con el bajo mundo, por eso transformaron el escenario en el que se desarrolló el artero asesinato, por eso se manoseó la investigación y se entorpeció el caso jurídicamente, por eso no se acusó ni se enjuició ni castigó a nadie más que a Aburto. Sí se hizo lo anterior en el asunto del homicidio de Francisco Ruíz Massieu, con características semejantes a la ejecución de Colosio Murrieta, desde el perfil del asesino, un arrendador tamaulipeco de caballos que no conocía la Ciudad de México, que luego de perpetrar el asesinato el 28 de septiembre del mismo año corrió hacia la avenida Reforma en sentido diferente al planeado que era el Frontón México y por ello lo capturaron, así como la metralleta china, de baja clase, que se le encabrilló después de hacer algunos impactos en el objetivo, por lo que las dos ejecuciones del fatídico 1994 coinciden en las formas en que se desarrollaron. Por el último homicidio se enjuicio y sancionó al autor imtelectual por 50 años de cárcel, enseguida la condena se redujo a 26 años para finalmente exonerarlo extrañamente cuando cumplía 10 años de prisión, sin embargo, por el primer crimen ni siquiera se le consideró sospechoso habiendo elementos que lo involucran y tendrían que analizarse y probar. Por esos argumentos, he considerado desde que purgaba la condena por el homicidio de Francisco Ruiz Massieu, como autor intelectual del asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta al hermano mayor del entonces presidente de la República, a Raul Salinas de Gortari. Es increíble que dos magnicidios consumados el mismo año, con 8 meses y 5 días de diferencia, 6 presidentes de Mexico no hayan identificado y procesado al o los autores en 30 años, el primero los cumple el siguiente sábado 23 de marzo y el segundo el próximo 28 de noviembre. Hace muchos años escribí este tema con la misma deducción.

Mal estuvieron los presidentes Carlos Salinas de Gortari (aunque es fácil entenderlo), Ernesto Zedillo Ponce de León, Vicente Fox Quesada, Felipe Calderón Hinojosa, Enrique Peña Nieto y desde luego Andrés Manuel López Obrador, ya que ninguno encontró y castigó al autor intelectual del artero homicidio de Luis Donaldo Colosio Murrieta (tampoco a quien ordenó ejecutar a Francisco Ruiz Massieu). Junto a ellos incluyo a los sedicentes colosistas que tampoco hicieron gran cosa para dilucidar el magnicidio. Ellos y muchos más saben exactamente lo que sucedió el 23 de marzo de 1994 en Lomas Taurinas y el nombre de quien ordenó el espantoso asesinato.

Con respeto al dolor irreparable de la pérdida de su señor padre, cuando apenas tenía 8 años de edad, me pareció desatinado e incorrecto que su hijo, Luis Donaldo Colosio Riojas, le pidiera al presidente López Obrador el indulto al asesino confeso que mató a su papá, coincido en que le solicitara que no lucrara políticamente con su caso en el proceso electoral que se está desarrollando. De igual forma, no lo recuerdo demandando el esclarecimiento de la autoría intelectual de la aberrante ejecución. ‎

P.S. Regreso el 10 de abril con mi columna “En Solfa” debido al accidente que sufrí en la escalera de mi casa el 5 de marzo.