En solfa
Por Héctor Sánchez de la Madrid
Como nunca había sucedido en la historia contemporánea de nuestro país, nos encontramos en un espacio inédito, desconocido, en el que podría sobrevenir una catástrofe política que desataría una confrontación fratricida propiciada y dirigida desde las entrañas de Palacio Nacional. Ese escenario indeseable ocurriría antes, durante o después de los comicios del próximo 2 de junio.
Desde que arrancó el proceso electoral el año anterior, el ambiente político y social se descompone y polariza cada día más, la inseguridad pública se incrementa sin que la máxima autoridad lo acepte y menos combata a los cárteles adueñados de gran parte de la nación, su estrategia fallida de “abrazos, no balazos” le ha abierto las puertas al crimen organizado.
En ese intervalo han sido asesinados más de una decena de políticos, de los cuales la mayoría eran precandidatos a algún cargo electoral. Es oportuno señalar que en los comicios de 2021 fueron ultimados 102 candidatos o precandidatos. Expertos en la materia consideran que por la intensa violencia política que promueve el presidente desde “la mañanera” la cifra aumentará considerablemente.
Lo anterior es muy grave por sí mismo, pero más aún si continúa creciendo el enrarecimiento del entorno político y persiste la falta de una estrategia de seguridad tangible y efectiva que contenga a la delincuencia organizada que podría llevarnos a un ambiente extremo de inseguridad que se traduciría en una crisis mayúscula de gobernabilidad que nos llevaría a la cancelación del proceso electoral.
Otro escenario factible sería que el gobierno federal y/o los cárteles alineados reventaran el 2 de junio los comicios presidenciales si la candidata oficial fuera perdiendo claramente —como algunas encuestadoras serias empiezan a vaticinar—, de forma técnica o violenta, quebrantando el estado de Derecho y el orden constitucional, lo cual originaría la ingobernabilidad y la desaparición de poderes.
Cancelar la elección presidencial acarrearía terribles consecuencias al país, de incalculables dimensiones, como la pérdida de la democracia y por tanto la instauración de una dictadura representada en la figura del presidente Andrés Manuel López Obrador, que al fin se le cumpliría su sueño guajiro de convertirse en el dueño absoluto de México, para sí mismo o interpósita persona de nombre Claudia Sheinbaum Pardo.
El último contexto sería catastrófico, el escribirlo me atemoriza pero lo percibo posible y es el de que si el 2 de junio pierde claramente en las urnas la representante de López Obrador y de todo lo negativo que acarrea como es Morena, la 4T y la chairiza, se activara un plan preconcebido por Andrés Manuel de usar las fuerzas armadas para invalidar la elección presidencial y apoyar su dictadura.
Tengo tres premisas para apoyar esa hipótesis, la primera es la incapacidad del tabasqueño de aceptar las derrotas, más ésta que anticipo al estar su cabeza y las de sus hijos en juego, por eso considero imposible que reconozca su fracaso; la segunda es la creación de su plan alterno, para el cual se apoderó del ejército y la marina, corrompiendo a los altos mandos para utilizarlos si pierde en 2024.
La tercera es que sus obras emblemáticas fracasaron, la única que funciona, aunque deficientemente, es el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles, las demás están inconclusas, quizás algunas las termine antes de concluir su administración, pero en todas se rebasaron los montos presupuestados para su construcción, al igual que tampoco se cumplieron las obligadas normas de licitación, por lo cual cometió diversos ilícitos y requiere impunidad legal.
Por todo ello veo imposible que López Obrador reconozca su presunta derrota, pues iría en contra de sus antecedentes y de su naturaleza, siempre ha sido “terco, necio y radical”, como se autodefinió, en su lógica no tiene porque cambiar, al contrario, sus características congénitas las reafirmó como presidente, inclusive, por el futuro aciago que le espera, va a preferir el camino de la confrontación por encima del de la civilidad, del respeto a la Constitución y la decisión de las mayorías.
Desde luego que no sé cuál de los caminos va a escoger, no soy el oráculo de Delfos y qué bueno pues sería aburrido conocer el futuro, de lo que estoy seguro es que algo grave va a pasar antes, durante o después de la elección presidencial, no creo que Andrés Manuel vaya a respetar la Constitución, la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales y la decisión de los millones de mexicanas y mexicanos que saldremos a votar el 2 de junio por quien nos ofrece un México democrático, libre, justo, honesto, unido, diverso y alegre. Usted sabe a quien me refiero.







