Por Esteban Cortés Rojas
= Insensibilidad ante el crimen = Se normaliza la violencia = Las marchas feministas, rutinarias; los gobernantes, a gusto = En el futbol, fanatismo extremo
No pasa semana sin que el país se estremezca, se desangre, se revuelque y se retuerza en llanto por hechos violentos, principalmente asesinatos colectivos que no porque las víctimas sean delincuentes en su mayoría (no siempre, como en el caso de San José de Gracia), ejecutados por otros delincuentes, dejan de enlutecer y doblar de dolor a las familias de los directamente involucrados, pero también a pueblos, ciudades y aún al país entero como lo sucedido en Querétaro.
Por citar lo ocurrido recientemente en el país, en las últimas semanas hemos visto los tristísimos hechos de Michoacán, con pueblos despedazados y masacrados por los criminales usando incluso drones -tecnología de punta-; no menos triste en Zacatecas, donde vimos como el ejército, debiendo combatir a los criminales, ayudaba a evacuar a los habitantes de varios pueblos que huían de la acometida criminal; aquí en Colima, cómo al interior del Cereso masacraron con sevicia a nueve internos lo que desató una ola de asesinatos en el estado y que todavía no termina; el no menos espeluznante fusilamiento masivo (en un principio negado por autoridades federales pero ya confirmaron con análisis de sangre que al menos once personas fueron puestas en el paredón) en San José de Gracia, Michoacán, realizado en plenas narices de la policía municipal sin que ninguno interviniera o siquiera avisara; y lo de Querétaro, en el estadio de futbol La Corregidora, donde la porra del equipo local arremetió contra la visitante (Atlas) y dejaron casi una treintena de heridos, algunos de gravedad, donde la más reprobable es que la «vigilancia» del inmueble deportivo dio facilidades a los agresores sin que se descarte intromisión de la delincuencia organizada entre los barristas violentos.
Pero lo más lamentable y que más preocupa es la indiferencia y el hacerle al ganso, no del gobierno sino de la sociedad civil que padece los hechos violentos, que los ve pasar como quien ve llover sin mojarse, creyendo que de la tormenta nunca le va a caer una gota. Del gobierno ya sabemos que las tragedias que prometen dejar muchos muertos le vienen como anillo al dedo, como fue el caso del Covid; un gobierno que, ya lo vimos, no persigue a los criminales, sino que deja libres a los que de casualidad son atrapados; un gobierno que les rinde respetos y cortesías a los capos mafiosos. Un gobierno que está coludido con los matones que desangran a la nación mexicana.
Quienes llevamos varias décadas observando, nunca habíamos visto tanto crimen y tanta impunidad en el país, ni que la criminalidad se esté normalizando.
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La manifestación del Día Internacional de la Mujer en México ya aburre; se ha vuelto rutinaria y hasta reprobable porque desde aquella marcha de hace tres años que impactó por el empuje mostrado por las féminas, no ha evolucionado la protesta, no sale de lo mismo; si acaso ha cambiado es para empeorar: la ruidosa marcha de las mujeres armadas de palos, martillos, sopletes, brochas, botes de pintura, mucha pancartas muy ingeniosas, pero hasta ahí. El gobierno, recipendario del «mensaje», a gusto: mientras agredan a policías, pintarrajeen, mienten madres, ataquen edificios y hagan circo maroma y teatro, no hay problema. Otra cosa sería que, aunque la marcha fuera pacífica, las damas encapuchadas agarraran el micrófono y le pusieran una chinga al gobierno por su indolencia ante las atrocidades del feminicidio, por dejar morir a los niños con cáncer, por cerrar las escuelas de tiempo completo, por quitar el seguro popular, por cerrar las guarderías y tantos otros temas que agreden a las mujeres. Un maratón de denuncias y demandas y terminar exigiendo la renuncia del responsable del caos. Pero de eso, nada.
Si se van a morir de algo los malos gobernantes de este sexenio, será de risa.
MESON. – A propósito de la trifulca entre fanáticos del futbol en el partido entre Gallos Blancos de Querétaro y Zorros del Atlas, refiero dos hechos que dibujan al fanático futbolero y que, creo, es la causa de lo que ocurre dentro y fuera de los estadios cuando se encuentran dos fanáticos estúpidos. En Buenos Aires, Argentina, el Boca Junior versus Chivas de Guadalajara se iban a enfrentar por el título de la Copa Libertadores. -¿Cómo ves el partido?, le pregunté a un amigo (que laboraba como mi subordinado en una empresa periodística) -Va a estar bueno!, me respondió. -¿A cuál le vas?, volví a preguntar. -Al Boca, me dijo y me sorprendió, pues esperaba que me dijera a Chivas por tratase del equipo mexicano. Un tanto desconcertado y picado en mi curiosidad me atrevía a decirle, -Hay que irle a Chivas; es el equipo que representa al futbol mexicano en la Libertadores, -No puedo ir a Chivas, dijo cabizbajo… -¿Porqué…?, -Porque soy americanista, me dijo. Me invadió el enojo, porque la respuesta dejaba de lado la hermandad de la nacionalidad por serle fiel a «su» equipo. El otro hecho fue referido gráficamente por medios nacionales: En un entrenamiento del América en CdeMx, Salvador Cabañas (un buen jugador sudamericano fichado por los jaguares de Chiapas y luego por el América), se percató de que en el graderío, un joven con un playera de Chivas presenciaba el entrenamiento. Cabañas, que era la estrella de «las águilas», detuvo la práctica y exigió que el joven de la playera rayada fuera echado del lugar de entrenamiento. Que incivilidad del uruguayo y de los directivos que le cumplieron el gusto, en vez de dedicarle un aplauso al chiva visitante porque fue a ver entrenar a las «águilas». Aficionado al futbol, deporte hermoso, he aprendido a ver el juego, no a los equipos. A mi hijo, futbolista activo, le enseñé lo mismo y que el juego se gana no a como dé lugar sino con lealtad a las reglas y con respeto al rival. Y le he dicho que al buen jugador se le aplaude, sea cual sea su uniforme de juego. ¡Arrieros somos!







