En solfa
Por Héctor Sánchez de la Madrid
Una de las razones por las que el PRI permaneció 71 años en el poder federal (1929/2000) fue la fuerza, el mando, el control absoluto que tenía el presidente de la República en turno sobre el instituto partidario, por encima de los estatutos que regulan, o deberían, los procedimientos para nombrar a sus directivos, al igual que para dirigirlo y seleccionar a quienes serán postulados a los distintos cargos de elección.
Sin embargo, a ese conjunto de reglas que quizás algunas fueron consensuadas con sus militantes y luego aprobadas legalmente por los legisladores correspondientes, siempre les dejan resquicios, partes incompletas, para que los dirigentes en funciones puedan aprovechar para inclinar la balanza hacia quienes ellos escojan, sobre todo para satisfacer a la máxima autoridad partidista, esto es, al mandatario de la nación a cargo.
Desde 1929 hasta 1982 funcionó ese método, pero en 1987, un año antes de los comicios presidenciales de 1988, surgió un movimiento al interior del PRI encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Porfirio Muñoz Ledo que demandaba un procedimiento abierto a la militancia para seleccionar al candidato presidencial; al no aceptar la propuesta el presidente Miguel de la Madrid Hurtado, los mencionados se salieron del partido y formaron una coalición de izquierdas a la que nombraron Corriente Democrática.
De esa alianza surgió la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas que contendió contra Carlos Salinas de Gortari, del PRI; de Manuel J. Clouthier, del PAN; y de Rosario Ibarra de Piedra, del PRT. Para contabilizar los votos de los comicios de 1988 se instaló un sistema de cómputo en la Secretaría de Gobernación cuyo titular Manuel Bartlett Díaz no pudo llevar a buen puerto y terminó tumbándolo, manchando para siempre el triunfo priista.
Esas decisiones políticas hicieron que 12 años después (en 2000) terminara la hegemonía priista con la victoria presidencial del panista Vicente Fox Quesada, aunque nunca dejaré de recordar que el presidente Ernesto Zedillo puso su grano de arena para entregar la estafeta, pues de ganar el priista Francisco Labastida Ochoa, el ex presidente Carlos Salinas hubiera regresado por sus fueros y habría presionado al sinaloense para que enjuiciara y encarcelara a Zedillo Ponce de León,
Durante los 12 años de los regímenes panistas, el PRI fue conducido por directivos que obedecieron a los gobernadores tricolores quienes apoyaron en 2012 a Enrique Peña para recuperar la presidencia de la República. A pesar de que Peña Nieto realizó el régimen más corrupto hasta entonces, volvió a usar el mismo protocolo que habían aplicado desde su fundación, negociando con Andrés Manuel López Obrador la entrega de Palacio Nacional a cambio de impunidad.
En los últimos 4 años, 7 meses y 5 días que tiene de vida el infausto periodo federal que termina el 30 de septiembre de 2024, han sucedido muchos cambios en la política partidista del país, el principal es que el presidente López Obrador, importándole un rábano los lineamientos electorales, se convirtió en el verdadero conductor de su partido, Morena, jefe de campaña de sus insípidos pupilos que aspiran a sucederlo y en detractor de sus adversarios partidistas, incluidos los y las aspirantes presidenciales de oposición.
Después de ganar en 2018 el máximo cargo público en el país, desde Palacio Nacional Andrés Manuel dirigió los procesos comiciales de 2019 y 2020 obteniendo gubernaturas, congresos locales, alcaldías y ayuntamientos para Morena, lo que orilló a un análisis profundo de los abanderamientos desplazados que culminó en la coalición PAN, PRI y PRD que en 2021 les dio la batalla a la alianza Juntos Haremos Historia (Morena, PT y PVEM) y les ganó muchos cargos de elección federal, estatales y municipales.
La caída de los tricolores fue amortiguada por la unión con los blanquiazules y los negroamarillos, al mismo tiempo que el ascenso de los guindas empezó a detenerse debido al desgaste normal del ejercicio del poder y al cúmulo de errores cometidos por el presidente y su gobierno, como igual les sucedió a los anteriores ciclos políticos y administrativos, aunque a la actual le pasó mucho más pronto, quizás por los cambios violentos y forzados que se han llevado a cabo en la llamada Cuarta Transformación.
Se dudaba que la coalición Va por México de 2021 repitiera para las elecciones de 2024 en la que se disputarán la presidencia de la República, 128 senadurías, 500 diputaciones federales, 9 gubernaturas, 31 congresos locales, 1580 ayuntamientos, 16 alcaldías y 24 Juntas municipales, sin embargo, la semana anterior los tres partidos opositores dieron a conocer públicamente que irán juntos en el Frente Amplio por México en el que van unidos con algunas organizaciones ciudadanas, acaparando la atención ciudadana.
También la semana última, la senadora Xóchitl Gálvez Ruíz obtuvo el amparo de un juzgado federal en Materia Civil en el que le concedió el derecho de réplica en el mismo espacio y tiempo de la conferencia mañanera del presidente López Obrador a la acusación que hizo el mismo a la legisladora federal de que quitaría los programas de apoyo de adultos mayores si llegaba a un cargo de elección popular. La hidalguense se presentó en Palacio Nacional con la orden judicial en la mano y el mandatario federal se negó a recibirla cometiendo un desacato que al conocerse se convirtió en trending topic y transformó a la senadora Gálvez en la figura ideal para ocupar la candidatura del flamante Frente Amplio por México a la presidencia de la República. En unos cuantos días desaparecieron de la escena pública el mandatario federal con sus insoportables mañaneras y sus desabridos títeres aspirantes a ocupar su cargo, para cederle los reflectores al Frente Amplio por México y a la senadora Xóchitl Gálvez, la fórmula idónea para ganar la elección presidencial en 2024.







