Por César Barrera Vázquez

Las promesas del presidente

La crisis del presidente es un reflejo de la crisis en el país. No podría ser de otra manera y lo que estamos viendo ahora, esta caída estrepitosa en su popularidad y la desesperación y enojo que muestra ante las críticas, cada vez más palmarias, más contundentes, es por la incongruencia de sus actos y por la falta de resultados en estos cuatro años.

A cuatro años de su gobierno, la economía está por los suelos y estancada. Se quejaba del mediocre crecimiento de 2.5 del PIB en el periodo neoliberal, pero ahora no puede salir de la recesión en la que estamos desde el 2019. Y en lugar de tomar decisiones, sigue espantando inversionistas y generando conflictos para tapar y desviar la atención de otras problemáticas más apremiantes.

La inseguridad, por ejemplo. En lo que va de este 2022 han asesinado a más periodistas que en cualquier otro gobierno o año desde que hay registro. En los primeros tres años de su administración van más de 100 mil asesinatos. Ni en los tiempos más violentos de los gobiernos de Peña y Calderón se tuvo este índice de ejecuciones.

La percepción de la ciudadanía es unánime en este sentido: estamos peor que antes. Y eso ya es irrefutable y eso ha mermado también la credibilidad del presidente, quien traicionó sus ideales y su promesa de regresar al ejército a los cuártales. Al contrario, fortaleció la estrategia de Calderón y continuó con la de Peña.

Se jacta el presidente de que no es igual a Peña y Calderón, pero en el tema de la seguridad pública está replicando la misma estrategia de militarización del país, incluso a extremos más peligrosos, porque ahora ya los militares también ocupan otros espacios estratégicos de la administración pública.

Estamos peor económicamente, peor en seguridad y también peor en el combate a la corrupción. Porque tenemos un presidente que dice combatir la corrupción en el discurso, pero en los hechos la solapa y la defiende. Así fue con su hijo y el escándalo de la Casa Gris, paralelismo de la Casa Blanca de Peña Nieto.

En ambos casos se trata de contratista beneficiados por el gobierno y que, a cambio, reciben favores de la clase encumbrada, esa de la cual tanto despotrica el presidente. La corrupción, pues, en el gobierno que se creía impoluto, en un discurso de falsa moralidad y austeridad que ni sus propios hijos siguen. Un hijo que vive en Estados Unidos, trabajando para una empresa, cuyos dueños su padre trabaja para el presidente, y el mismo López Obrador lo reconoce cínicamente.

Ni hay mejoría económica, ni hay empleo, ni hay seguridad, ni hay combate real a la corrupción. Hay, sí, un presidente que está ausente de los temas verdaderamente trascendentales para enfrascarse, utilizando recursos públicos, en una disputa con un periodista.

Hay sí, un presidente que no le importa violar la ley para afectar a sus adversarios. Que no puede aceptar la crítica como un medio para mejorar, sino que cualquier punto de vista diferente al suyo lo considera como un ataque. Que constantemente ve al pasado y lo añora y que, por eso, sus contrarreformas buscan regresar aquel pasado glorioso cuando el país era dominado por un solo hombre.

Si el presidente no entiende que la crítica se asimila y se utiliza para mejorar; si no entiende que México es una democracia y que su pluralidad política, ideológica, es su principal fortaleza y no debilidad; si no entiende que México es más grande que dos bandos (los que están con él y los que piensan diferente); si no entiende todo eso el presidente, entonces está perdido. Estaremos perdidos durante los tres años que le faltan a su gobierno.

Dos puntos

La gobernadora Indira Vizcaíno está rectificando los errores que cometió, en materia de comunicación, y ya salió a informar, como lo esperábamos las y los colimenses cuando se registraron los hechos violentos de balaceras y ejecuciones. Esperemos que no deje de estar en contacto con la ciudadanía y nos informe, de manera puntual, de las acciones que emprende su gobierno para regresar la tranquilidad y paz a nuestro estado.