Tiempo fuera
Por Héctor Sánchez de la Madrid

Esta columna la uso como anecdotario para tocar temas de distinto tipo que le sucedieron a amigos, familiares, conocidos, a mi, o a alguna persona que pasó una situación especial y que alguien de los mencionados me platicó. La mayoría son de situaciones simpáticas o interesantes, de hechos políticos vistos a través de una perspectiva diferente al análisis político que acostumbro en mi artículo formal “En Solfa”.

En esta ocasión les platicaré una experiencia personal que sin exagerar pudiera calificar como un drama en la acepción literaria y obviamente como una vivencia dramática propia. Desde hace muchos años buscaba en mi archivo mental un asunto de esta naturaleza, dramático o trágico, para comentárselos y tener un ejercicio periodístico diferente, por azares de la vida y para desgracia mía, me ocurrió a mi el año anterior.

A mi papá, Don Manuel Sánchez Silva le gustaban mucho las armas, por lo que tenía en su recámara guardadas en un cofre alrededor de 20 pistolas, algunas de ellas automáticas (escuadras) y otros revólveres (izquierdas), en sus últimos años (partió el 14 de marzo de 1979) le entró una pasión desbordada por las Luger o Parabellum hechas en Alemania y utilizadas en la Primera y Segunda Guerra Mundial.

La escuadra que más le gustaba era una Colt automática, calibre .45 mm, niquelada, grabada, conmemorativa de la Segunda Guerra Mundial y cachas de nácar, era una bellísima arma de colección. De todas las pistolas era su favorita y la mía también, por delante de las Parabellum (proviene de una frase en latín: “Si vis pacem, para bellum”, que significa: “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”), Smith & Wesson, Browning, Walther, etcétera.

Al emprender mi papá el viaje sin retorno, pocos meses después le comenté a mi mamá que sería conveniente que las armas se repartieran entre los hijos varones (no sé porque dejamos afuera a mi hermana Adriana que le gustaban las armas e incluso cuando tirábamos nos ganaba a todos). Aceptó mi sugerencia, nos reunimos los tres en la casa familiar y acordamos que primero escogiera el mayor y luego los demás.

Manuel eligió la preciosa Colt automática, calibre .45 mm; Jaime prefirió una Colt Commander, calibre .38 Súper; y yo seleccioné una Browning automática, calibre 9 mm, de 14 tiros, quedándonos cada uno con 5 ó 6 armas. Casi 20 años después (23-12-98), el ex gobernador Elías Zamora Verduzco me envió una carta, deliciosamente escrita, en la que me relataba que mi hermano le había vendido el arma en mención y que había decidido regalármela, lo cual le agradeceré siempre.

Pasaron los años y también los gobernadores Fernando Moreno Peña y Gustavo Vázquez Montes con quienes mantuve una buena comunicación, hasta que llegó a la gubernatura Silverio Cavazos Ceballos con el que rompí relaciones en los primeros meses de 2007. En 2009 siendo Beatriz Paredes Rangel presidenta del PRI nacional no pudo o no quiso llevar a la candidatura gubernamental a su amigo Arnoldo Ochoa González, aceptando la postulación del entonces silverista Mario Anguiano Moreno.

Reconozco, 14 años después, que hice mal en no recibir la visita del candidato priista, en el gran periódico que dirigí durante 42 años, pues falté a la ética periodística que seguí durante mi larga carrera. Apoyé con todo a mi amigo Arnoldo Ochoa para que fuera el postulante del PRI, pero Beatriz no tuvo el carácter para nombrar candidato a su compañero político e imponerse a Silverio que respaldaba a Mario Anguiano. Por esa razón y otras más no me gusta Beatriz como política.

Después de los años que estuve confrontado con el mandatario Cavazos Ceballos por su mal gobierno y su estilo autoritario me opuse a Anguiano Moreno porque consideré que el primero no lo dejaría gobernar, como sucedió pues era Silverio quien tomaba las decisiones gubernamentales más importantes. Mario fue gobernador hasta la ejecución del tecomense. En ese intervalo tomé una decisión con la hermosa Colt .45 mm cuyo fin terminó apenas hace un año aproximadamente.

Silverio era más peligroso como ex gobernador ya que sin tener la responsabilidad legal y formal conservaba el mando en el estado. Como la apreciada pistola estaba prohibida por el calibre reglamentario de las fuerzas armadas, determiné desprenderme de ella donándola al Museo del Palacio de Gobierno que en ese tiempo estaba en la etapa de proyecto y consideraba un pabellón dedicado a armas de fuego, carabinas y rifles. Era el lugar ideal para dejar ahí la valiosa pertenencia familiar.

Le llamé al encargado de acopiar las armas, un señor mayor al que desde joven consideraba mi amigo, le comenté la situación que atravesaba y mi propósito de donar la magnífica Colt .45, niquelada, grabada, conmemorativa de la Segunda Guerra Mundial y cachas de nácar, al museo en ciernes. Se la llevé, no me firmó de recibido ni yo se lo pedí. Pasaron los años, terminó el gobierno de Mario Anguiano y de José Ignacio Peralta Sánchez, se me olvidó por completo la pistola hasta que hace un año pasé a saludar en su despacho a quien llegué a considerar un ídolo, en la plática salió a relucir la escuadra y levantando su brazo izquierdo me señaló con el dedo índice de su mano: “Ahí está arriba”. Cometí el error de no haber subido a una pequeña oficina a recogerla.

Regresé una semana después, saludé a mi entonces amigo, le dije que iba por la pistola, subimos a su reducida oficina, hurgamos en 6 ó 7 cajas repletas de armas enmohecidas y viejas sin encontrar la pistola espléndida que le había entregado 10 años atrás. Me dijo que a lo mejor la tenía en su casa donde había otras cajas con el mismo contenido; le contesté que desde luego que ahí tenía que estar. Una semana después le llamé por celular, le pregunté si ya la había encontrado para ir por ella y me respondió: “No la hallé vale, ¿dónde estará, a quién se la habrás entregado? Contestándole extrañado y molesto: “Tú sabes en dónde está, te la entregué hace 10 años, lo recordaste hace 15 días, no me puedes hacer esto, siempre te apoyé y te defendí de quienes me decían que no eras honesto”, cortando la conversación y una relación que duró más de seis décadas.

P.S. Por discreción y respeto a quien hasta el año pasado fue una de las personas que más admiré y estimé en mi vida omito el nombre, mi intención es manifestarles la herida emocional que sufrí y mi convencimiento pleno de que la condición del ser humano es de las peores de la naturaleza, con sus contadas y valiosas excepciones. Es imposible no confiar en la familia, los amigos y los compañeros de trabajo, sin embargo, luego de la enorme decepción sufrida en carne propia, volveré a hacerlo con más cuidado.