EN PALABRAS LLANES
Por Alberto Llanes

Bueno, espero no causar el desánimo, encono y/o animadversión de todos los presentes por la siguiente declaración que voy a dar y, mucho menos, por el marco en el que la voy a dar, sin embargo, creo tener una razón muy válida para hacerlo y, puestos así, no lo había visto de la forma en que lo voy a narrar, pero tuve mi momento más arreolista que rulfiano, disculpen que lo declare hoy y aquí y así…

Sin embargo, y como ya lo comenté líneas atrás, tengo un motivo que considero válido: el amor. Resulta que la chica de la que estuve enamorado por mucho tiempo en mis días de escuelante en el bachillerato, inteligentemente se proclamó ante mí como una fanática de la obra de Juan Rulfo, así, sin más. Era una rulfiana de hueso colorado y yo, para llevarle la contra, pensado absurdamente que así conseguiría su atención y quizá algo más, me proclamé ante ella como arreoleano, estúpida decisión, lo sé ahora, no lo de ser fan de Arreola, sino de llevarle la contraria en esta disputa literaria que recién comenzaba a darse.

Como es obvio no logré captar su atención, fracasé en el intento, uno de mis mejores amigos en esos días, se la hizo novia, ella aceptó y pasaron casi los tres años de bachillerato juntos; quedé friendzonado y, cada que podíamos (que era casi todos los días, nuestras charlas en torno a los dos escritores eran maravillosas, mi amigo se quedaba callado porque no leía ni a uno y mucho menos a otro). Puedo decir que compartíamos muchos momentos (no quizá como yo los imaginé), pero sí sabedores de que estábamos leyendo, comentando, charlando, discutiendo de libros, autores/as y terminamos estudiando la misma carrera: Letras y Periodismo. Así que en la facultad nos volvimos a encontrar.

Nunca fuimos pareja, en la facultad yo me hice de novia a una chica que era fanática de Augusto Monterroso (yo también tuve y he tenido mi momento monterrosiano en varias etapas de mi vida) y, para acabarla, Marcela adoraba aquél poema del escritor chileno Gonzalo Rojas que tituló, vaya a saber por qué, Rimbaud y que dice más o menos así:

Rimbaud

No tenernos talento, es que

no tenemos talento, lo que nos pasa

es que no tenemos talento, a lo sumo

oímos voces, eso es lo que oímos: un

centelleo, un parpadeo, y ahí mismo voces. Teresa

oyó voces, el loco

que vi ayer en el Metro oyó voces.

 

¿Cuál Metro si aquí no hay Metro? Nunca

hubo aquí Metro, lo que hubo

fueron al galope caballos

si es que eso, si es que en este cuarto

de tres por tres hubo alguna vez caballos

en el espejo.

 

Pero somos precoces, eso sí que somos, muy

precoces, más

que Rimbaud a nuestra edad; ¿más?,

¿todavía más que ese hijo de madre que

lo perdió todo en la apuesta? Viniera y

nos viera así todos sucios, estallados

en nuestro átomo mísero, viejos

de inmundicia y gloria. Un

puntapié nos diera en el hocico.

Marcela, fue o sigue siendo fan de Monterroso y Gonzalo Rojas, también le gustaba Rulfo. Y es que parece que Rulfo les gusta a todos y a todas o a todos y todas le gustan a Rulfo. No es que a mí no me gustara, pero vaya, ya comenté que para llevar la contra y conseguir así el amor de mi amada, decidí proclamarme ante ella como arreolista y como tal debería de comportarme, es decir, no saber nada de futbol, pero sí de ajedrez, ser un gran orador, con esa capacidad de narrar historias de viva voz, tener la gracia de ir en motoneta y bajarme de ella con bombín, bastón y capa y decir la famosa frase: “No lo conocía” con la misma gracia sinigual con la que lo imitaba el polivoz Enrique Cuenca.

De aquél primer encuentro con Rulfo y Vanessa (que así se llama aquella primera fan de Rulfo y amor de bachillerato) sólo los recuerdos del porvenir de Elena Garro quedan. Cursábamos el Cedart Juan Rulfo, en Colima y, leerlo, era casi casi un deber que no así una obligación (porque la lectura no se le tiene que dar por obligación a nadie) y más si mi paso siguiente era estudiar letras como lo tenía planeado. El Cedart Juan Rulfo me cambió por completo en panorama de la vida, cierto es que llegué a él con una actitud rebelde, toda actitud que debe tener un adolescente a esa edad y más en aquellos ayeres.

Desayunaba dosis de Nirvana, junto con algo de rabia, rencor y melancolía, melancolía por no encontrar un lugar en el mundo y vivir peleado con mis padres; ellos no estuvieron muy de acuerdo en que entrara al Cedart, yo hubiera querido entrar desde la secundaria y dedicarme de lleno al arte desde joven. Rulfo y yo estábamos destinados a encontrarnos y así lo hicimos.

Cuando abrí las páginas de Pedro Páramo debo confesar (vaya, parece que es un día lleno de confesiones que jamás pensé que podría hacer), no entendí absolutamente nada… ¿Por qué parece que los personajes están y no están? Esa era mi pegunta. Leí la novela completa y debo decir que una nube negra me invadió, la dejé en el librero con mucha incertidumbre, con mucha rabia (por no haber entendido nada), sí, ahí estaban los personajes, ahí estaba condensada la historia, pero… ¿dónde estaba mi entendimiento, mi comprensión lectora?

La siguiente novela que leí me frustró mucho más y casi casi acaba con mis aspiraciones de ser lo único que me considero: un lector. Mi incipiente carrera como lector estaba muriendo cuando recién estaba iniciando, y yo no lo podría creer, ni para eso servía, tenía razón mi padre, ni hablar. La novela de la que estoy hablando… aquella que me dejó un espejismo, una ilusión, un no comprender nada de lo que estaba pasando… de lo que estaba leyendo fue Farabeuf, de Salvador Elizondo. Rulfo y Elizondo casi acaban conmigo y mis aspiraciones.

Aquí vino un refugio alentador y aliado, Arreola, Monterroso y Pacheco, tres autores que me leí con cierta fruición y entusiasmo y que, a su vez y ahora que lo entiendo y lo veo a la distancia, me hicieron comprender a Rulfo y a Elizondo, porque parece que todo giraba o gira en torno a Rulfo y esa maravillosa narrativa que podemos encontrar al abrir Pedro Páramo o El llano en llamas… Arreola hablaba de Rulfo, o escribía, o algo llegaba a mí que decía Arreola de Rulfo y así con Monterroso y lo mismo con Pacheco y Poniatowska, ya no digamos Carlos Fuentes u Octavio Paz. Todos estaban conectados mágicamente por las letras, el poder de las palabras…

Decidí darle una segunda oportunidad a Rulfo y a Elizondo, primero a uno y luego al otro para no saturarme. Es cierto que lo primero que leí fue Pedro Páramo y es cierto también que me quedé con un gran signo de interrogación cuando terminé su lectura. Aquí creí que Vanessa era mucho más inteligente, lectora y todo que yo, y está bien, pero no podía quedarme con esa laguna mental. Sin embargo, no regresé a Rulfo con Pedro Páramo, lo hice con el Llano en llamas, sus cuentos…

Por muchos años creí que si ahora me dedico al cuento se lo debía en gran parte a Cortázar, a Villoro, a Francisco Tairo o al mismo Arreola o qué sé yo de los autores que leía en aquellos años; no, creo y lo confieso (digo que es un día de muchas confesiones y lo reconozco aquí y ahora), que si soy cuentista es por la narrativa de Juan Rulfo que me llegó en el alma al leerlo en el Llano en llamas, libro de nombre sonoro, fonético, como el mismo Pedro Páramo, título muy fonético y fuerte, no como aquél de Murmullos que dicen, tenía en un primer momento.

En ese instante, en ese preciso instante conocí y noté la grandeza de Rulfo y no sólo la de él, sino la de sus contemporáneos. Cuando descubrí la grandeza de ambos escritores eliminé mi favoritismo por uno y por otro y simplemente dejé que la literatura hiciera su trabajo. El Llano en llamas me enloqueció como si fuera “Macario” abrevando de los pechos de su nodriza, pero yo en las hojas de Rulfo; sentí el peso del padre que va cargando al hijo en “No oyes ladrar a los perros”; me carcomió la entraña y sentí la furia contra el gobierno y acompañé a los personajes de “Nos han dado la tierra” y me sentí en Luvina cerro árido y desolado al andar los caminos de Rulfo y así con cada cuento que iba leyendo…

Sentía la asfixia, la aridez del suelo, el polvo y la tierra y regresé entonces a Pedro Páramo, no podía quedarme así y redescubrí o volví a andar las letras que había leído y regresé también a Farabeuf y todo fue diferente, muy diferente. Entendí que en una historia todo pasa apenas en un instante y el uso de muchos artilugios para cortar, raspar, arañar transfigurar (si se le puede adjetivar así) a la piel; y en la otra, descubrí el misterio y el por qué los personajes aparecen, desaparecen y lo hacen desde la primera línea de la historia, aquella que arranca diciendo: “Vine a Comala (antes dicen que decía, vaya la redundancia, Tuxcacuesco, sin dudas le viene mejor Comala)… Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo…”. Yo descubrí además una novela con mucho humor, pero no un humor corriente, vano, no, un humor negrísimo, cargado de esa negrura del café de Comala, con un amargor típico del café que se bebe a sorbos, en medio del calorón de las doce del mediodía y que va sin azúcar y cargado, muy cargado para que se vea negro, negrísimo y se sienta igual y el paladar nos quede invadido del tufo ardiente de esa bebida…

El amor jamás tocó a mi puerta, no el de Vanessa, pero Rulfo sí lo hizo y lo que descubrí al leerlo fue indescriptible o, por lo menos, no lo he sentido con otro autor que además sea mexicano, que tenga pocos libros publicados, que sea reconocido a nivel mundial y que se haya traducido a una cantidad indecible e increíble de idiomas.

Por casualidades del destino, a mi vida han llegado varias ediciones de la novela de Rulfo, esa misma que no pude comprender en una primera lectura. Sin proponérmelo, he ido juntando varios Pedros Páramos, tengo la edición de Club Bruguera (libro número 68, portada Naranja de 1981), tengo la edición del Fondo de Cultura Económica en la colección popular, (libro número 58 de 1986), tengo el Pedro Páramo de la colección de la SEP y el Fondo de Cultura Económica (libro número 50 de Lecturas Mexicanas del año 1984), llegó a mí el Pedro Páramo de la editorial Anagrama en su colección compactos (libro número 66 del año 1993), tengo también el Pedro Páramo de la editorial RM (que viene junto con el Llano en llamas y El gallo de oro del año 2018) y tengo una edición bilingüe español-náhuatl de la misma editorial RM del año 2017). No he tenido el gusto de tener una edición prima de esta obra, pero seguro estoy que iré por ella… Tampoco sé nada de náhuatl (es feo confesarlo, pero ya ven que es noche de confesiones), pero de cuando en cuando me pongo a leerlo en esa lengua y, vaya, se escucha muy bien, amenazo aprender un poco de náhuatl para pronunciarlo mejor.

Qué bueno que ambos autores son mexicanos, qué bueno que ambos son de Jalisco y qué bueno que ambos escribieron, vamos a decirle así, relativamente poco y con ese poco lograron un reconocimiento mundial.

Nada falta y nada sobra en las obras de ambos autores. Qué vivan ellos y todos los demás…