En solfa
Por Héctor Sánchez de la Madrid
Todos los partidos políticos del mundo tienen las mismas prácticas políticas creadas desde que inicia la civilización sumeria en Mesopotamia, (3100 a.C.), avanza durante la época egipcia ( 2740 a.C.) , se enriquece con los griegos en el Siglo de Oro de Pericles (478 a. C.) y se consolida en el imperio romano (27 a.C.). Desde entonces los partidos políticos tienen y persiguen similares principios y fines, igual los integrantes de los mismos.
En México, desde luego que el más importante abanderamiento de nuestra historia es el Partido Revolucionario Institucional, descendiente del Partido de la Revolución Mexicana y del Partido Nacional Revolucionario, fundado este último el 4 de marzo de 1929, hace 94 años y 6 meses pasados. A partir de esa cepa se fundaron los demás institutos partidistas, ya sea para ir en contra y/o alimentados por exmilitantes o desertores del tricolor.
El PRI funcionó hasta 1968, cuando el presidente Gustavo Díaz Ordaz y el secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez, ordenaron la matanza de estudiantes y civiles en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. A partir de ahí se precipita la caída del partido tricolor, pasando por las decisiones erróneas, políticas y financieras, de Echeverría y José López Portillo, la pausa de Miguel de la Madrid Hurtado, la debacle de Carlos Salinas de Gortari con el levantamiento armado en Chiapas y el asesinato del candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio, hasta la entrega del país de Ernesto Zedillo Ponce de León al panista Vicente Fox Quesada.
Fueron 71 años de avances en prácticamente todos los rubros de la actividad humana, en los que se crearon innumerables instituciones que siguen funcionando hasta la fecha, sin embargo, en esos regímenes también se cometieron demasiados excesos, desvíos y saqueos del erario. El PRI se había agotado en 2000 y Zedillo decidió entregar la estafeta a Fox a cambio de impunidad —y para que Salinas no se le echara encima—, lo mismo pasó entre Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador.
Gracias al PAN, a sus dirigentes y militantes, los presidentes priistas fueron presionados para hacer bien las cosas, también influyeron la prensa crítica y la sociedad civil que demandaba y exigía trabajo, obras y transparencia en sus administraciones. Al asumir los panistas el poder presidencial durante 12 años, con Fox y Felipe Calderón Hinojosa, el sistema tricolor siguió casi igual, poco cambió, aunque bajaron los atropellos, los robos y los negocios a la sombra del poder público. Pudieron y debieron hacer más, mucho más.
Luego regresó el PRI con Enrique Peña Nieto, quien tuvo varios aciertos que no recuerdo ni quiero mencionar ahora, pero sí que su periodo estuvo plagado de pillerías de él mismo, sus familiares y sus colaboradores cercanos. La mayor pifia que Peña Nieto hizo fue negociar la presidencia de la República con su sucesor, Andrés Manuel López Obrador, a cambio de que no lo tocaría ni con el pétalo de una rosa, acuerdo que se ha cumplido hasta ahora y se sostendrá en lo que resta de su mandato presidencial.
Escribo esta relación para construir la tesis de que es falso que Morena sea igual al viejo PRI, no lo es para nada, tiene algún parecido al partido tricolor que desapareció hace varias décadas, que ahora no existe porque está muerto. Insisto, encuentro algunas similitudes, pero hasta ahí, ya que nunca en la vida nonagenaria del tricolor se cometieron las arbitrariedades, los atropellos, los insultos, las groserías, los desaires a los padres y madres de los niños con cáncer, a las madres de los miles de desaparecidos, a las mujeres que son ultrajadas, a las violaciones a la Constitución y a la leyes que de ella emanan perpetrados por el mismísimo presidente López Obrador. Nunca tuvimos en Palacio Nacional a un energúmeno como el que lo habita ahora, faltando a sus cacareados principios de austeridad que no practica al igual que los talegones de sus hijos, dixit Xóchitl Gálvez.
Qué desperdicio de oportunidad la de Marcelo Ebrard Casaubón, de plantarse ante la nación como una persona libre, en ejercicio pleno de sus derechos humanos, para presentar sus inconformidades por la farsa el efectuada en el proceso de Morena que dirigió el impresentable presidente de Morena, Mario Delgado Carrillo, para sacar a la super cantada desde hace varios años candidata del partido guinda, la súper desabrida Claudia Sheinbaum Pardo. Nunca hubo una o un precandidato de cualquier partido que tuviera los espectaculares, las propagandas en las bardas, las movilizaciones tumultuarias de mujeres y hombres pagados (¿con dinero de quién?) para llenar los espacios de sus presentaciones. Todas y todos los gobernadores, salvo uno que era Ebrardista, ya no lo es, costearon y organizaron los actos de campaña de la favorita del presidente.
Marcelo hizo bien en presentar ante su partido la impugnación por los vicios que la hoy representante de Morena, PT y PVEM cometió antes y durante la campaña de los aspirantes de esa coalición a la presidencia de la República, pero debió acudir también a los medios tradicionales y redes sociales para hacer pública su inconformidad e inclusive, de una vez por todas, dirigirse al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación para demandar justicia y equidad en un proceso amañado y corrompido desde antes que iniciara.
La respuesta de Sheinbaum fue una bofetada a Ebrard cuando dijo que ya habían leído su demanda y no encontraron fundamentos válidos e importantes. Por ahí vendrá el fallo de la Comisión Nacional de Honor y Justicia de Morena. Marcelo siguió los pasos de mi amigo Manuel Camacho Solís, persona estimable y político honesto que fue desplazado por el presidente Carlos Salinas para nombrar candidato al malogrado Luis Donaldo Colosio, porque había crecido demasiado su poder político, sin embargo, el comportamiento digno e inteligente que Camacho asumió no es el mismo que el de Ebrard, en nada se parecen.
En menos de 5 años de gobierno, los cumple el próximo 30 de noviembre, el presidente Andrés Manuel faltó a sus compromisos de austeridad, honestidad, veracidad, sensibilidad, antinepotismo, no compadrazgos, no amiguismo, de apego a la Constitución y al estado de Derecho, entre otras promesas fallidas que ha perpetrado a lo largo de casi 5 años de haber tomado posesión del cargo público más importante en el país y por el cual difamó y calumnió durante 18 años a sus adversarios, tal como lo ha hecho de titular del Poder Ejecutivo Federal. Lo peor que ha hecho, sin lugar a dudas, es defraudar la esperanza de millones de votantes que creyeron en él y que ahora se dan cuenta que les mintió y que quiere pasar la estafeta al modelo de colaboradoras que escogió, “honesta en un 90 por ciento y tener un 10 por ciento de experiencia”. Hoy quien tiene la esperanza en sus manos, de más millones de personas que hace 5 años es una mujer con raíces indígenas —como la mayoría de mexicanos—, de origen humilde, que trabajó y se esforzó por estudiar y salir adelante hasta obtener reconocimientos nacionales e internacionales, que toda su vida ha hecho el bien y nunca el mal, que quiere unirnos a todas y todos y no dividirnos como lo han hecho y quieren continuar haciéndolo Andrés Manuel y Claudia, me refiero a la próxima presidenta de México, Xóchitl Gálvez Ruiz.







