Por Héctor Sánchez de la Madrid

A finales de 1976 mi papá tenía mi edad, 72 años, se refería entonces severamente al tiempo que me tocaba vivir a los 26 años (nací el 11 de enero de 1950), aduciendo la pérdida de valores de mi generación, a la que ponía barrida y trapeada. El peso de la palabra, escrita o hablada de mi señor padre era fuerte, duro, hacía mella a quien lo leyera o lo escuchara.

En ese año empecé a escribir en el entonces prestigiado Diario de Colima que fundó mi papá, después de terminar mi carrera de Derecho, de la que no me titulé ni practiqué nunca. Lo lamento todavía, ya que considero que el conocimiento de las leyes es fundamental en la convivencia y la actividad humanas, las cuales están regidas por el Estado de Derecho.

Hace muchos años escribí el porqué escogí el camino del periodismo, voy a recordarla una vez más para ustedes. En 1969 al terminar mi segundo año de bachillerato (entonces eran sólo dos años), mi papá me preguntó cuál carrera quería estudiar y al tardarme un santiamén para contestar, se adelantó para decirme: “vuelve a hacer otro segundo año de bachillerato”.

Cerca de terminar otra vez el segundo año de bachiller, me inquirió de nuevo y le respondí rápido: “Derecho”, sin embargo, me dijo que estaba bien que estudiara esa carrera pero mi futuro se encontraba en el periodismo, porque podía darme mayor fuerza, recursos e influencia. Con esa recomendación paterna era difícil que cursara buenos estudios; aun así terminé los 5 años.

Comencé a estudiar una carrera que no iba a ejercer, por lo que llevé mal los estudios y no hice práctica alguna, además, mi papá tampoco me metió al diario, así que terminé Derecho sin los estudios y las prácticas necesarias, también permanecí inédito periodísticamente, sin embargo, como todo hijo o hija de periodista adquirí conocimientos, perspectivas, olfato para las noticias, el análisis y la crítica.

En 1975 concluí los estudios de Derecho y un año más tarde mi hermano Manuel que tenía rentado el diario y ocupaba la Dirección General me invitó a trabajar. Ahí encontré mi lugar. Aprendí a escribir en máquina gracias a las nociones mínimas que me dio mi papá (soy un mecanógrafo regular) y empecé a escribir distintos temas para soltarme mecánica e intelectualmente.

Patricia, mi esposa, apoyó mi proyecto, leyendo lo que escribía y dándome su opinión, favorable o desfavorable, nunca incondicionalmente; así sigue. Después de algunas semanas publiqué mi primer articulo en el periódico, debió ser en febrero de 1976, se llamó Chispazos por SAMH, que son las iniciales de mi Registro Federal de Causantes; así inicié mi carrera periodística.

Mientras tanto, como decía al principio, mi papá destrozaba las modas imperantes de aquella época, la indumentaria, los peinados, la música, la lectura, el argot, la ropa un poco loca de entonces. Desde su óptica exagerada mi progenitor veía un mundo más mal de lo que en realidad era, si bien distinto al que vivió y disfrutó en su lejana juventud.

Fue entonces que escribí una columna, de la que casi 46 años después sigue complaciéndome, que sirvió de defensa a la generación que pertenezco y que era vapuleada por nuestros ancestros, particularmente por mi señor padre, a quien con todo respeto le argumenté que ese mundo que criticaba implacablemente no lo había construido yo y mis compañeros sino sus congéneres y antepasados.

Le señalé que mi generación y yo seríamos responsables del planeta que le dejaríamos a nuestros hijos y nietos, quienes a su vez ninguna relación tendrían con el orbe que recibirían, lo cual es verdad ya que es imposible que una o un infante tenga que ver con el entorno en el que nace, el cual fue formado por sus antecesores. Mi papá me dio la razón.

Hoy que tengo la misma edad que mi señor padre, me doy cuenta que el mundo se encuentra bastante peor que el de aquel entonces, que avanzó tecnológicamente de forma impresionante, que la modernidad imaginada por científicos o escritores de ciencia ficción son hoy en día una realidad, es cierto, pero la calidad humana de antes, los valores familiares que heredamos de nuestros padres y abuelos han caído en desuso.

Es por eso que les agradezco a mis señores padres y a sus predecesores aquel mundo hermoso, natural, sencillo, que tuvimos mi generación y las posteriores que me sucedieron, mismos que somos responsables del espantoso planeta que construímos en el que casi todo está mal, como el calentamiento global; la pandemia del Covid-19 y la proliferación de virus nuevos; las confrontaciones armadas que podrían en cualquier momento convertirse en la tercera y última guerra mundial; la inminente pérdida de la libertad de expresión en México, que nos llevará a perder las demás libertades; el aislamiento que sufrimos paradójicamente por un maravilloso medio de comunicación como lo es el teléfono celular. Por todo lo anterior y mucho más, les pido perdón a mis hijas, a mi hijo, a mis tres nietos (el cuarto, de Héctor, está por llegar en agosto próximo), al igual que a sus congéneres.

A partir de la siguiente semana volveré a escribir temas políticos en mi columna En solfa y ocasionalmente anécdotas en Tiempo fuera.

Nos vemos aquí, siempre el miércoles.