Por Héctor Sánchez de la Madrid
A 5 días de terminar su primer año como Gobernadora, Indira Vizcaíno Silva no ha salido del noviciado que cualquier gobernante tiene al principio de su administración, pues continúa igual o peor que cuando inició su mandato por seis años, sin que dé trazos de cambiar algún día para mejorar su trabajo y evitar sus constantes yerros y omisiones que afectan a Colima y a su propia imagen.
Después de ser electa en 2018 como Diputada federal por el Segundo Distrito (vivía en el Primero, aunque fue legal su participación) Indira Vizcaíno pidió licencia para ocupar la Delegación del Bienestar, convirtiéndose a sus 31 años en una aspirante natural a la Gubernatura de Colima para los comicios de 2021. Desde entonces consideré que sería demasiado joven para desempeñarse como Gobernadora a sus futuros 34 años.
Además, su experiencia en la función pública era menor y en ninguno de los cargos federal, municipal y estatal había brillado, vamos ni siquiera realizado un buen papel como Diputada federal, alcaldesa de Cuauhtémoc y secretaria de Desarrollo Social en el gobierno del priista José Ignacio Peralta Sánchez. Faltaba su paso por la cacareada súper delegación que nunca se transformó como tal en la que tampoco ella sobresalió.
Vizcaíno Silva tuvo un camino fácil, pavimentado por las relaciones políticas y partidistas de su papá, Arnoldo Vizcaíno Rodríguez, tutor exitoso de la carrera de su segunda hija que mucho tuvo que ver con todos y cada uno de los cargos públicos, electorales y administrativos, que ha ocupado en su corta pero fructífera trayectoria en lo político —no sé si en lo económico—, pero eso sí, nunca ha brillado en alguno.
A prácticamente un año de distancia los problemas heredados de la administración de Peralta Sánchez no sólo siguen sin resolverse sino que la mayoría se ha incrementado, por lo menos, ya que otros se han salido de control, como es la seguridad que tiene a la entidad en el nada honroso primer lugar nacional en homicidios dolosos sin que amaine desde el 25 de enero de este año cuando comenzó una guerra entre dos cárteles.
El envío de cientos de soldados, marinos y guardias nacionales de parte del Gobierno Federal para apoyar a la gobernadora Indira Vizcaíno de nada han servido, como tampoco el cambio del secretario de Seguridad Pública de Colima. Desde luego que el asunto en mención no es fácil de solucionar, sin embargo, para empezar, no se ven ni se perciben los anunciados elementos de las fuerzas armadas, menos los resultados.
Las finanzas siguen tronadas, constantemente trabajadores de diversas dependencias estatales protestan por la falta de pago de sus salarios y hasta realizan paros para presionar al Gobierno del Estado para que les cubra lo que les deben. El conflicto del Instituto de Pensiones de los Servidores Públicos del Estado de Colima que dejó la anterior administración continúa creciendo, según el dirigente sindical Martín Flores Castañeda.
De las demás Secretarías y Subsecretarías (a las ultimas las bajaron de categoría para quedar igual) nada se puede decir, simple y llanamente porque nada han hecho ni están haciendo, la mediocridad y la inactividad campea por doquier, no hay una siquiera que haya destacado, todas las oficinas públicas flotan en el aire, ninguna aterriza sus proyectos, si es que los tienen, y si así fuere, carecen de recursos para llevarlos a cabo.
Y cómo podría funcionar el aparato oficial si en su inmensa mayoría los titulares carecen de estudios de posgrado, además de que si algunos los tenían al iniciar les faltaba nivel y experiencia. Por otra parte, tampoco se nota el espíritu de responsabilidad, de entrega, de respeto a su trabajo y a la ciudadanía, están imbuidos en el fanatismo partidario y la adoración a su patrona, no se diga a la idolatría al mesías tropical.
Con el estilo de gobernar de Vizcaíno Silva, frívolo, superficial, vano, Colima va directo a la ingobernabilidad, a la inseguridad total, a la parálisis económica si no comprende que el sueño que tenía de adolescente se hizo realidad y ahora trae las riendas del estado en sus manos para dirigirlo a la bonanza, a la equidad, a la justicia para todas y todos los colimenses. Debe entender que es la Gobernadora, no la reina de una kermés.
Por eso y mucho más, sugiero, recomiendo, clamo a los cuatro vientos que alguien ayude a la gobernadora Indira Vizcaíno para que, a partir de su segundo año que empieza el inexorable 1 de noviembre, hasta el 31 de octubre de 2027 que termina su mandato constitucional, asuma el cargo con la seriedad, importancia y formalidad que el mismo requiere y la sociedad civil se lo demanda. La euforia debe terminar, ahora tiene que ponerse a trabajar.







