En solfa
Por Héctor Sánchez de la Madrid

Desde 1928 nuestro país no había enfrentado una elección presidencial tan complicada ni con un pronóstico reservado como la que se efectuará el 2 de junio próximo. En aquel año el ex presidente de la República, Álvaro Obregón Salido, contraviniendo la bandera principal de la Revolución, “Sufragio efectivo, no reelección”, buscó de nuevo el máximo cargo público que había ocupado de 1920 a 1924.

La ambición del destacado general revolucionario provocó malestar en diversos sectores políticos y religiosos que culminaron con su magnicidio en el restaurante “La Bombilla”, al sur de la capital del país, el 17 de julio de 1928, 16 días después de las elecciones en la que había resultado triunfador y electo. José de León Toral, un fanático religioso, aprovechando sus habilidades de dibujante, se acercó al político sonorense y lo acribilló de 6 balazos.

Aunque hay claras diferencias en el México de entonces y el actual, encuentro una similitud en el fallido regreso de Álvaro Obregón al poder presidencial, con el propósito del presidente Andrés Manuel López Obrador de darle continuidad a su movimiento de transformación y de convertirse en “el poder tras el trono” de la supuesta futura presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, hoy candidata de Morena.

En caso de que así ocurriera, también podría repetirse lo que sucedió con el presidente Plutarco Elías Calles, quien al término de su mandato en 1928, instauró un poder mega constitucional conocido como “El Maximato” en el que gobernó por 6 años más a través de los presidentes Emilio Portes Gil, Pascual Ortiz Rubio y Abelardo L. Rodríguez, hasta que llegó a la presidencia Lázaro Cárdenas del Río y lo exilió a Estados Unidos, 5 meses y 9 días después de tomar posesión.

Hay señales diáfanas de que el mandatario originario de Tepetitán, Macuspana, está totalmente metido en el proceso de sucesión presidencial y de que prepara una elección de Estado para el 2 de junio siguiente, con el objetivo de retener la presidencia de México vía interpósita persona (Claudia Sheinbaum) para seguir mandando desde su rancho en Palenque, Chiapas, o de donde se le pegue la gana, durante un sexenio más, por lo menos.

Iniciamos un 2024, en consecuencia, muy difícil, sumamente peligroso, no exagero decirles que estamos sentados en un barril de pólvora que al menor chispazo podría estallar en cualquier momento, antes, durante o después de los comicios presidenciales del 2 de junio. Nunca, como ahora, en la historia contemporánea, habíamos estado en condiciones tan propicias para que nuestro país caiga en un levantamiento armado o una confrontación social.

El panorama nacional no se percibe positivo ni halagüeño sino al contrario se vislumbran nubarrones y rayos que presagian no una tormenta sino un huracán devastador que podría ocasionar funestas consecuencias a nuestra nación, hoy golpeada, dividida y confrontada por el régimen lopezobradorista que festina cada golpe que nos propina, de acuerdo al plan perverso fabricado y dirigido por un dirigente desquiciado por el poder.

No hay día en el que López Obrador deje de atacar, ofender y calumniar a quienes difieren de sus acciones y políticas públicas; sus contradicciones son constantes: se dice humanista y golpea sin ton ni son a quienes piensan distinto a él; se dice demócrata y todo el tiempo da pruebas plenas de ser un autócrata absoluto; se dice honesto y cubre los desfalcos de su gobierno (como el de Segalmex) y los negocios al amparo del poder público de sus hijos José Ramón y Andy.

Si fuera cierto que Andrés Manuel es el mejor presidente de México en la historia —que no lo es, como él se autoelogia y lo cacarean sus corifeos chairos—, por los cambios que ha hecho, algunos de ellos criminales, como la suspensión del seguro médico y los tratamientos para los niños con cáncer, la desaparición de las estancias infantiles y las escuelas de tiempo completo, entre otros muchos más, con eso bastaría para que no ocupara ese supuesto y falso lugar en los anales.

Agrego su obsesión por debilitar a las y los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, sus pares en el Poder Judicial, así como su constante acoso a los órganos de transparencia a quienes no los ha dejado completar el número legal de magistrados, y a los institutos electorales, federal y estatales, que permanentemente difama y les baja los recursos para entorpecer su funcionamiento y a los consejeros les reduce las prestaciones aprobadas por las Cámaras.

El entonces candidato por tercera vez a la presidencia de la República, Andrés Manuel López Obrador, el 6 de junio de 2018 (24 días antes de ser electo), al recibir el bastón de mando de los pueblos indígenas de Atlixco y sus alrededores, en un ritual con incienso en las faldas del Volcán Popocatépetl, confesó su verdadera personalidad: “Soy terco, necio y radical, ustedes ya me conocen”, ante 15 mil personas que fueron a verlo y escucharlo. Ya lo conocíamos, es verdad, aunque quizás quienes votaron por él nunca se imaginaron que sería igual o peor de presidente.