Mucho gusto

Alberto Llanes

Los terrenos que compartimos

La muerte tiene una manera muy particular de hacernos mirar hacia atrás. A veces se lleva a alguien cercano; otras, a personas con las que coincidimos en algún momento de la vida, compartimos un espacio, una conversación o, sencillamente, un pedacito de historia, de esta historia que estamos construyendo aquí y ahora. Y entonces descubrimos que, aunque nuestros caminos se hayan separado hace mucho, algo nos sigue uniendo.

En días pasados fallecieron dos personas con las que tuve algún vínculo, compartimos una pasión, habitación el mismo lugar, pisamos el mismo terruño: Héctor Villa, periodista colimense y conductor de noticias, y el maestro Ante Villalobos, mi profesor de Filosofía durante el primer semestre de la universidad.

Héctor y yo coincidimos en la Falcom (Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima), quizá si yo no hubiera deambulado algunos años por ahí y por allá, hubiera coincidido con él en el aula, pero no fue así y entré a la Falcom en 1999, así que pisamos el mismo terreno, pero en un tiempo diferente. En aquel tiempo la carrera era Letras y Periodismo, separados por el tiempo y por el oficio, él periodista y yo más bien inclinado a la literatura, no fuimos grandes amigos, pero alguna vez estuve cerca mientras hacía su trabajo. Y eso también cuenta: haber coincidido, haber compartido un espacio y saber que, de alguna manera, venimos de un mismo lugar. Abrazo a Villa, a su familia y a todos los colegas periodistas por esta irreparable pérdida.

Del maestro Ante Villalobos guardo una anécdota que todavía me provoca una sonrisa. Era 1999 y nosotros, jóvenes universitarios, llegamos a una de sus primeras clases con máscaras de luchadores de la Triple A. El profesor nos pidió que nos las quitáramos o que saliéramos del salón. Elegimos salir, porque, por supuesto, no podíamos revelar nuestra identidad. Entonces nos pusimos a luchar ahí cerquita, mientras él impartía su clase de Filosofía y, de vez en cuando, echaba un vistazo a nuestro combate.

Así era la universidad: un lugar para aprender, cuestionar, desafiar y acumular historias que, con los años, terminan convertidas en recuerdos entrañables. El maestro Ante, hombre de izquierda y de convicciones firmes, tenía su propia manera de plantarse ante el mundo y ante aquella Colima de políticos tradicionales a los que cuestionaba sin titubeos. En el plano nacional, la UNAM se encontraba de huelga gracias a un personaje el “Mosh” Alejandro Echavarría Zarco, quien tenía tomadas las instalaciones de la universidad.

Hoy, cuando ambos han partido, pienso que la vida está hecha también de estos vínculos, que parecen pequeños y que, sin embargo, permanecen. No hace falta haber sido íntimos para sentir la ausencia de alguien que formó parte de nuestro paisaje, compartió la misma pasión, oficio, pisó la misma facultad, en fin.

A Héctor y al maestro Ante los despido desde el recuerdo, desde esos terrenos que alguna vez compartimos y desde la gratitud de haber coincidido con ellos en esta vida. Porque al final, quizá eso somos: las personas que conocimos, las historias que contamos y las huellas que dejamos en los demás, incluso sin saberlo.